lunes, 16 de diciembre de 2013

FE DE RATA: JUAN PABLO DARDÓN/ RESEÑA



Niños y niñas, señores y señoras, magos, aliens, fantasmas, personajes de la televisión, superhéroes, borrachos nihilistas, jóvenes, amas de casa, trotamundos, tengo en mis manos un libro que se presenta con una sonrisa y una mueca desarticulada en nostalgia, los dos rostros del teatro, esta linda comedia humana.

Es el libro Fe de Rata, uno de los grandes aciertos, sin temor ni pavor a equivocarme, un libro de viaje para reírse en carretera o tomarse un café en una tarde nublada, en una mañana a solas antes del desayuno y luego un tráfico maldito.
Qué les puedo decir, a mí que me gustan las antologías, los libros que son puertas y ventanas, el Decamerón o Las mil y una noches, he acá nuestro nuevo cronista que ha hecho estos nuevos cuentos de Canterbury, esta selección virtual que más parece en nuevo Moby Dick que se alza a plena mar desde las profundidades del submundo tecno de los blogs.
Empecé hablando de una colonia llamada la Reformita, porque por esos rumbos fue donde conocí al autor de tal broma infinita, Juan Pablo Dardón. Y acá en un café frente al mercado de esta colonia espontánea, estoy leyendo en este momento “Dragón Ball Z se cambia de casa”, y es lo mismo que si viera dentro de otro espejo, pues Juan Pablo cuenta que es un escritor que mientras escribe ve la televisión (ya ven, a uno le gusta tratar de meter la realidad, pero se escapa, es lo mismo decir que mientras termino de escribir esta última línea, el portero de Municipal acaba de salvarse de un tentativo gol en un juego contra Heredia en el campo del Trébol). En esta colonia es fácil leer. No sé porque muchos dicen que es una zona roja, si igual todas las noches en todos lados disparan al aire.

Para mí un buen libro es un libro que entretiene enseñando, y enseñando cosas prácticas de la vida y de la muerte, porque por cierto, la muerte es una cosa viva y hay que conocer sus transformaciones, para alejarse uno de ellas o acercarse, según el caso. Juan Pablo la menciona muchas veces, porque esta engolosinado con la vida. Su libro enseña amenizando y divierte enseñando, no es un simple juego de palabras, en realidad lo viví yo mismo cuando todavía disfrutaba de la inocencia post-niñez, allá por el año de 1991. El libro grandioso se llamaba Notas de Prensa 1980-1984 de un bigotudo pisado que se terminó ganando el premio Nóbel con tanta casaca, Gabriel García Márquez. Pero ese libro era una miscelánea en la que uno aprendía de todo, desde política internacional hasta qué comer en la costa Caribe, cómo saludar a un embajador o cómo comportarse en el velorio más humilde de los cachacos. Márquez no era tan sincero como todos creíamos, habría que leer a Tom Wolfe a Regis Debray, a Capote o Mario Puzo, en fin, no puedo negar que ese libro fue para mí una revelación que me iba a meter a escribir para siempre, por el solo gusto de contarme a mí mismo de nuevo el truco feliz que es estar vivo. Y eso es lo que se respira en el libro de Juan Pablo, la mera vida.

Por eso, ahora que tengo en mis manos este libro de Juan Pablo, recuerdo que fue en La Reformita, en los helados Pops, donde platicamos sobre un texto que también está entre los elegidos. El todavía no se casaba y yo estaba platicando con mi futura exnovia. Dónde más iba a ser, sino en esa Sin City donde en cada vuelta hay una cantina o un Punto, no de Lectura, sino de otra vaina más nevada. Allí en medio de esa costra que es y será esa colonia al margen he leído su último libro.
Para la entrega del mismo, me conmovió, nos crispó a todos, con una carta para su hijo. Es evidente que algunos nacen con un don, este muchacho que andaba por los tejados una noche de Navidad rescatando gatos, muy ebrio de vino y pasión, hoy se debe sentir muy tranquilo, ya que pasó el sonido y la furia; el mar, que ahora tiene cerca, ya sin sirenas varadas, sino con una legión de promesas, que lo abrazan, comenzando desde este texto avalancha.

LA REFORMITA





Hace aproximadamente cinco años llegué a vivir a la colonia La Reformita. Es una colonia que me recuerda a la zona cinco. Pero además es una zona intermedia llena de estudiantes del interior, que llegan a la ciudad con una gran curiosidad y con más coraje espontáneo, que con una clara idea de lo que están empezando a vivir. Pues ahí empecé a vivir y la elegí porque me quedaba cerca la universidad, pero cualquiera que me conozca encontrará sospechosa esa explicación. En realidad quería vivir en una zona que fuera como una capsula del tiempo y esta lo es, me remite a mí niñez. Lo que no sabía era que la colonia, sus callecitas y mis vecinos, mercados y tienditas, iban a superar mis expectativas.
Yo ya había vivido en la zona 1 y a diferencia de muchos poetas y pintores que conozco a mí la zona uno me pareció una desolada tierra maldita. Me levantaba por las mañanas y me iba a sentar a la fuente del Parque Central con un manual que había editado la Cooperación Española para conocer todos los edificios emblemáticos. En el fondo la zona 1 es un lugar distante dentro de todas las colonias a donde ha ido emigrando la gran mayoría de personas del interior. Donde siempre se me vino la idea navideña de un Santa Claus tratando de ser muy amable en la puerta de un comercial de ropa de vestir; tratando de sonreír, y tratando de imaginar ser norteamericano y de paso encantar a los niños prometiéndoles de todo lo que jamás les podría dar. Eso es la zona 1, es el interior de una ciudad fantasma, donde hay cien casas abandonadas en los alrededores según la municipalidad.
Pero La Reformita se volvió eso que todavía hoy sorprende. Se volvió el lugar donde he vivido más tiempo, he escrito y leído a pesar de todo, que con el tiempo se ha vuelto un lugar milagroso. He tenido la suerte de tener alrededor gente amable. Una suerte de casera misteriosamente comprensiva con mis horarios y con mis fechas de pago. Solo una vez la vi seria y me preguntó con toda la sincera complicidad de sus años:
- ¿Hey usted, dígame la verdad, de qué trabaja?
- Soy escritor – le dije.
- Ha, menos mal –me dijo y yo me quede riéndome conmigo mismo de la diferencia tan reducida que hay en esa vida liberal entre los bandidos y los poetas. Pero no, soy tan noble que no mato ni a una mosca y me gustan las mariposas traicioneras, los conciertos de grillos y ver las estrellas como idiota. En el fondo de esa colonia hay un excelso amor secreto, como esa línea fronteriza entre la realidad y la fantasía.

Carta a un padre adolescente

 Entre la risa y la muerte

Rebasar el sueño es despertar en otros. 
El concierto era el título en tus ojos.
Siempre las cosas que queremos decir
se esconden.
Hay callejones terribles en tu mapa.
Los puntos suspensivos
la risa pagana
el desvestir
el cerrar las cortinas
y lo negro.

Alguien se ahoga y goza.
Purpura la sangre espera
gritar como un niño
los cielos azules
tus labios rojos
el pirata en la pantalla lunar
el mar plástico
el sueño de la modernidad.



Carta a un padre adolescente

La verdad que es dificil vivir con tanta libertad.
O vivir sin ella.
Se te cierran los labios.
Pareciera que no tuvieras amigos.
Algunos te presienten muerto.
Otros te prestan dinero sin que se los pidas.
Otros te dan consejos.
Lo tenes todo pero no levantas los ojos.
Tus pobres padres te dan lo último que tienen.
Luego mueren apenados, o no se mueren.
Solo esperan la hora
el día
el segundo
el instante preciso en el que tu grito se mezcle entre los perros.

La verdad es dificil no saber que le pasa a uno.
pudiendo morir en paz
lleno de días
vas por allí pidiendo la muerte.

Otros siguen.
Se van a casa y cenan con sueño.
Luego se duermen y se sueñan cenando.
Mucha libertad también puede parecer otra carcel.

Tema 2: La pelota.

Veo a dos niñas jugando con sus trastecitos. 
Muy animadas. No pueden moderar sus gritos para hablarse una a otra. Es el trip, son felices así, así organizan su juego. Su rol. Un niño se acerca y lo separan con una mirada pero el, imposible o rebelde, se adelanta. El papá le dice, nene ahora ellas van a jugar de puntos, es una competencia, vamos por la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota. la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota. la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota. la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota. la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota. la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota. la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota. la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota. la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota. la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota. la pelota, la pelota, la pelota, la pelota, la pelota. 
Todavía estoy oyendo el eco.

jueves, 12 de diciembre de 2013

LA CALLE ES GUERRA





Wingo Joaquin Meduso, el detective de policia, pensaba que una noche antes había tenido un sueño terrible, una pesadilla. Le contaba a un colega que soñaba que entraba a un cuarto que más parecia un orinal de putas, había una mesa al medio y dos muchachos sin camisa, tatuados, como en extasis, con filosos machetes, descuartizaban a una persona en pedazos muy pequeños. Recordaba que una señora mayor observaba la escena y al verlo entrar le dijo "ya ve usted, esto le pasa a los hijos mal portados". Lo dijo con una naturalidad escalofriante. Al fondo otro joven le ponía a la otra víctima un tubo en la aorta y le daba vueltas a un grifo muy lentamente, mientras el agua corria por sus venas limpiadolas, hasta otra mangera en el pie derecho donde iba saliendo a presión toda la sangre espesa, que poco a poco, mientras corría por todos lados iba aclarandose hasta terminar siendo un fluir de agua pura con algunos coagulos.
- Acaban de encontrar una bolsa llena de eso que soñaste.  
- ¿Qué?
-Si, me sorprende detective que no se haya enterado, pero esa es la noticia pricipal. Pero, solo es algo que se relaciona mucho con lo que me acaba de contar.
- Faltan cuatro días para navidad
- Eso ya no importa ahora, no estamos asegurando que es el fin del mundo, pero por lo menos para esas gentes el tiempo ya se les acabó.
- La calle es guerra - dijo Meduso, y se fue con su café frío.

domingo, 17 de noviembre de 2013

TELETRANSPORTACIÓN I



                Desaparecer es aparecer en otros lados, en otras circunstancias, necesarias, quizás muy necesarias. Uno se preocupa un poco. Porque eso de desaparecer de un cuarto y aparecer en otro es como tele-transportarse y hasta con otro nombre.
Pero no, uno sigue siendo el mismo aunque se pulverice. Uno es cada vez más uno mismo de esa forma fantasma, en cuanto, para los demás uno termina siendo cada vez más inminentemente otro.  Es parte de esa vida difícil en la que uno no puede quedar bien con todos por no poder ser omnipresente.
Habrá momentos en los que ese personaje invisible, en esos lugares intente llegar tal vez como un murmullo de palabras aprendidas. Recuerdos de momentos. Es como ensayar morir. Esos que desaparecen tan pronto son aquellos que desconocen esas leyes inmutables y confían en cierta transitoriedad corporal.
Cierro los ojos y todo se vuelve imaginario. Sueño que voy por una calle que se alarga demasiado hasta tenderse como cuerda. Esa cuerda es ahora una larga transparencia en la que yo mismo cruzo.
Los demás cierran los ojos y me desvanezco.  No se puede saber completamente todo, todo el tiempo. Desaparecer es ignorar una parte, dejarse llevar por otras palabras a punto de desaprenderlo todo.
Todos somos intermitentes y con eso quiero decir que he visto que no se puede estar eternamente presente, sino que otros nos mantienen vivos en esa materia gris que se llama mente.
Soy la huella en la arena de la playa, pero mi cuerpo no está. Soy el agua, el aire, el diamante, todo lo transparente, lo que puede al darse vuelta lograr un flash. Toman la foto y solo aparece el bajo relieve de dos pies sumergidos en la tierra. Soy el nuevo hombre invisible.
Lo que pasa es que la gente quiere a menudo desaparecerse por un momento y olvidarse de todo. A mí me pasa lo contrario, ahora que me siento a pensar, quisiera aparecer un momento y recordarme de todo.  A veces uno se eclipsa como un juego para intentar ser un demente huyendo de algo que lo persigue a uno de una forma obsesiva compulsiva.


Cuando uno se repite, entonces es necesario desaparecer. 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

MUNDO 69



Venimos de las figuras que se formaban en los pisos de la abuela.
Venimos de los periódicos abandonados donde siempre hubo un golpe, un golpe de estado.
Venimos de las rajaduras de la piedra.
Venimos de los crayones de cera.
Venimos de los juguetes que rompimos para saber qué había adentro.
Venimos de los royos de fotos no reveladas.
Venimos de los programas de televisiones en blanco y negro.
Venimos de la mesa con manteles de plástico.
Venimos de las colchas donde se nos enredaba el sueño a las siete en punto.
Venimos de las calles de tierra.
Venimos de la ignominia y el semáforo en rojo.
Venimos de la salida detrás de los jardines.
Venimos del olvido de cientos de padres que no vivieron en Comala.
Venimos de la sangre en la nariz.
Venimos de los cuadernos de ochenta ojos y el lápiz Mongol.
Venimos de la caries y los cepillos de dientes amontonados.
Venimos de los cincos y los trompos y los yoyos.
Venimos de la placenta de nuestra madre sola comiéndose las manos.
Venimos de los cinco centavos, los diez centavos, los veinticinco centavos.
Venimos de las bancas negras de las iglesias blancas.
Venimos del llorar con mocos y volver a reír.
Venimos de lazos que solo se unían a la ropa, no a los cuerpos.
Venimos de la calle.
Venimos del barrio.
Venimos de allá donde los barriletes se nos perdieron.
Venimos de acá.
Venimos de la ausencia de todo y la imaginación de todo, esos milagros.
Venimos del tercer mundo.
Venimos del otro lado del mundo, de este lado, de los cuatro puntos cardinales que se inyectan ahora mismo en este nudo ciego.
Venimos gritando, vamos hablando de lo que queremos.
Venimos del pozo de los ojos humildes de nuestros abuelos curtidos por la sal y el azúcar que jamás negaron.
Venimos de los agujeros en las láminas.
Venimos de las grietas en las puertas.
Venimos de las aulas sin ventanas.
Venimos de los maestros y la regla.
Venimos de muchas formas, de muchos lados,
venimos del mono, venimos del hombre, venimos de Dios, del maíz.
Venimos sobre todo de la luz y la noche a decir tan solo una palabra no dicha antes.

Haber, ensayemos.

-
 Fotografía Ana Alvarez Errecalde.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Poema/ A Lou Reed



Hace tres años, iba volando en el carro verde que luego quemamos con un dealer, corriendo era volando, viendo todos eso barriletes como manos de gigantes arcoíris, como duendes vimos como trataban de elevarlos entre el viento de muertos amarillos llenos de flores de cementerio y polvo.
Era entonces un primero de noviembre cuando nos sentamos a la mesa y pude asustarme de lo próximo del otro mundo frente a la comida y un amor pagano casi ancestral en el inciezo. Todos esos años de la mano viendo a las lloradoras cobrar por cada lágrima en los mausoleos de tres tumbas, tras bombas y marichis, luego los fantasticos almuerzos rodeados de vasos medio vacíos de risitas y llenos de recuerdos. Dos años antes leía a un muerto legendario llamado Lord Byron, un tipo de esos antiguos con una pluma esculpida en un sombrero. Antes de eso estuve en una fiesta de Halloween disfrazado de vampiro bailando con una colombiana deshonesta que a mi me pareció una virgen volátil, una pieza de aquelarre; era entonces tan hambriento de experimentar el tiempo, luego estuve en una playa celebrando un comienzo de noviembre, entre fogones en el suelo y más que inciensos, mujeres sonrientes, era parte del paraíso, hasta que me vi despidiendo a algunos, visitando tumbas aburridas y monótonas que más que recuerdos me daban lastima, imaginando rostros desfigurados, pedazos de huesos incinerados por el moho, hechos polvo, de nuevo la carne transfigurada y las flores naciéndoles del musgo destruyendo la piel, eran esos tiempos en los que entendí la muerte y la vida más aún que las carencias o el gobierno del silencio y sin sangre.
Me acercaba a las tumbas y miraba lodo, átomos obligando al polvo, estrellas apagadas todos, algunos eran como el reflejo opaco de lo que venía tramando el cielo. Ahora ya no quedan más muertos, sino amor y fantasmas.

Escrito en San Marcos La Laguna/

Picto—grafías

Hace años, Javier Payeras me dio el consejo de leer el ABC of Reading de un exiliado norteamericano en Paris, llamado naturalmente: Ezra...