martes, 28 de julio de 2015

POSTALES DE UNA CIUDAD MALDITA/ RENACHO MELGAR






Yantra Estudios/24Julio.


Paredes pintarrajeadas, frases sicalípticas a lápiz o tinta, trazos magistrales que podrían cambiar de hoy a mañana, eso era Las Verapaces, ese tipo de tienda hibrida entre restaurante y cantina, con la consternación de haberse vuelto un poco conocida, años atrás, por ser parte de la Bienal de arte Paiz. Allí conocí a Renacho Melgar, artista salvadoreño, lector, poeta y por esas horas, alegre bebedor de cerveza. Platicamos entre el ruido y las botellas, entre las canciones de la rockola y me describió sobre lo que estaba haciendo en Casa Cervantes, un mural mándala, como luego pude ver.
                Después de mucho caminar. Después de mucho vivir. Después de mucho mirar, el ojo aprende a desenvolverse, a recrear su mundo fragmentado. En el caso de Renacho Melgar, artista salvadoreño, el mundo se rompe en esquirlas para armarse de nuevo en fragmentos, manteniendo esa metáfora y signo del presente. Ya lo expuso Andreas Huyssen en su libro El mapa de lo postmoderno, el cataclismo general, esa crisis que ellos llaman la nueva frontera, la deconstrucción vital del mundo, la ruina de los valores, evolución de las ideas, formas y caracteres para recrear un poco el presente derribado.  Pero Renacho Melgar no hace al presente glacial, sino lo pinta de una forma rebelde pero festiva, con esa insurrección natural de las raíces, hojas y frutos que siempre ha sido un impulso de la vida. Es una hojarasca caleidoscópica deconstructiva, pero bailable, armónica. Seduce su construcción y desplazamientos.
El arte latinoamericano luego de sus guerras internas, sus conflictos sociales, sus problemas económicos, ha sido un poco esquivo con las masas, por decirlo de alguna forma menos brutal. Su urgencia, su voz, en algunos casos ha transgredido la élite y renacido de los grandes asentamientos, en las calles, en los cuerpos, bajo el concreto. Es un arte que nace de una herida, de una grieta de cristal o espejo roto, somos todavía un reflejo fragmentado, nos vamos armando como un fino y ágil rompecabezas.  Así pues al ver los murales y lienzos de Renacho y sus propuestas urbanas, oigo un canto de lucha a través de su flow gráfico.
                Renacho Melgar empezó pintando portones, carretas de vendedores ambulantes, puertas de lámina en casas humildes, grandes murales en paredones envejecidos, todo esto para llevar ese arte, ese talento a la comunidad y obsequiar la vida, compartir la pintura. El pincel reclama otros lienzos más dinámicos y se ha vuelto a pintar cuerpos de mujeres en algo que yo no llamaría bodypaint  tan fácilmente, ya que en algunos casos el cuerpo ya tiene el mapa y su tesoro.
                En esta exposición el artista nos presenta varios dibujos recientes inspirados en las calles de Guatemala, país en el que ahora es residente.  Es como si un hilo conductor, bastante jazz, uniera cada uno de los retratos, bocetos y rostros. Las calles de una ciudad maldita surgen en los tatuajes de mujeres y hombres, con la señal inequívoca de Caín, con las líneas y sombras, blanco y negro, pero con la el himno sucio del hambre, las botellas rotas, las banquetas, los desnudos cuerpos lacerados por la tinta. Según lo que ya hemos dicho, la tinta sobre todo, y el hilo que como en un collar de fragmentos urbanos, todo lo une.

sábado, 11 de julio de 2015

LAS FERIAS RETRO




Hoy llovió sobre la ciudad una criminal bandada de lágrimas apagadas. En el Cerrito del Carmen una feria se quedó muy sola. Pero nada ni nadie se alejó de su puesto. La calle se derretía en luces.

Ya no llega nadie aunque no llueva. Esas ferias me recuerdan el ritual de la avenida, aquellos juegos artesanales como las chamuscas, dos piedras eran la portería. Ese famoso “electric” en el que se detenía a todos con solo tocarlos. Metáfora o no, romanticismo, old memories, ya arrastradas por el viento tecno.
No me gustaron nunca las manzanas en miel, pero son bellas, son de adorno, souvenir del corazón infante, brillan tras las vitrinas en esta feria abandonada. Sin embargo nos subimos a la Rueda de Chicago y me pareció irreal el terror de algún día quisiéramos una vuelta para tocar el cielo. Era más tangible la certeza de que esas máquinas tuvieran desperfectos prehistóricos por andar de pueblo en pueblo, y nos volteáramos sin gracia para ver el final del suelo por el rompimiento de sus articulaciones oxidadas.

No me gustan esos carros locos. Pero alguna vez, una sola según recuerdo, en el zoológico la Aurora manejé uno y la gracia era chocar a otros sin siquiera conocerlos, solo les mirábamos la risa histérica de ser atropellados. Metáfora o no, romanticismo, de las más sanas locuras.

Lo cierto es que las torrejas, garnachas y elotes locos han subido de precio por la falta de promoción. Pero la gente, alguna entre todas, quizá los más viejos, regresan y lo ven todo.  Jugaran lotería con sus pequeños nietos o algún papá tomara un rifle e intentará sorprender de nuevo a esa novia madura que apenas lo mira, por cuidar a sus hijos que flotan de ella, uno en cada mano.

Los centros comerciales, mientras tanto, giran otra rueda, otros precios, otra vida infinita que aspira a la novedad, mientras un empleado limpia un vidrio hasta volverlo espejo.

viernes, 8 de mayo de 2015

RATING INVISIBLE (con post-data)





Cuando empecé a escribir solo quería desahogarme. Estaba hundido en dudas. Estaba ahogado realmente y ya tenía poco aire y ningún amigo. Cuando puse la primera palabra fue caerme en más intrigas interiores, esas absurdas complicaciones que fueron al final la risa antes de la tragedia. Nunca quise, ni quiero ser famoso, solo quiero decir al final una letra, una página que justifique tanta imprecisión en mi vida, tanto error de mi gramática sanguínea, todo ese mar de incertidumbre cuando a los cinco años vi para el cielo.
No he descubierto nada nuevo. Solo tengo libros que leer, tengo todo el tiempo del mundo porque nunca me he comprometido ni siquiera a tener hijos. Soy un profeta falso. Soy un vestido caro con parches viejos por todos lados, soy una voz cada vez más lejana, una mirada que vive en un hotel de paso. Floto a la deriva, me cambio el nombre cuando quiero, soy caprichoso y malcriado aunque de eso nada tiene que ver mi madre, que me dio lo que pudo y sin saber de política.
Soy un megalómano narcisista, sinceramente, no crean que lo hago para que piensen que les tomo el pelo.  Un fotógrafo de la memoria de lo que nunca dije y nunca hice. No quiero repetirme, siento ya muchos lunes iguales rondando mi calavera.  No me gustan los televisores donde encuentro, ya hace mucho, programas que me sé de memoria y puedo repetir hasta la insolencia delante de gente que no ha visto nada de la película.
Pero ya estoy en años, aunque parezco Dorian Grey. Ya pasaron los 27 y no me suicidé ni me molestó siquiera irme alguna parte. Viajé como Celine, entre la memoria desde niño, recuerdos tengo desde los dos años, en tanto hay gente que no se acuerda siquiera de su primer día de clases. Pero eso no vale nada, soy un actor. Un ingrediente más de esta sopa que ya arde. Me he aburrido por deporte y hasta entonces he querido descubrir el agua azucarada pero solo he visto el sabor de lo amargo.
Ya no estoy ahogado, eso sí. Ahora me vale tener o no tener.  Siento en mis delirios la fuerza de todas mis muertes y vidas juntas. Es solo eso, una palabra sin esfuerzo lo que quiere la vida, y una anécdota interesante en medio del tráfico, las pancartas, el bullicio, y esas voces que me dicen algo sobre mi suerte indignante. 
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 PD.
Cosas que comparto con lo único líquido y sagrado de esta trama, los amigos y amigas, los hermanos casi, los vigilantes benévolos que aprecio, a los que dejo saber mis parábolas inconclusas que no sé cómo decir..., a ellos y ellas este texto tragi-cómico. Abrazo. 

miércoles, 6 de mayo de 2015

VIGILAR Y CASTIGAR



- Ojalá, cree usted, dígame... verdad que Baldizon no va a robar igual que todos -Pregunta la mujer que carga un niño.
 - No... a él le sobra -respondió el hombre de camisa roja.
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Todas las promesas que no han cumplido se han vuelto un fantasma desmembrado, un sucio espectro alienado y triste, un hambre colosal que ahora mismo, en medio de esas masas de gentes ansiosas, gentes que levantan sus ojos al cielo y ven un enorme helicóptero dar vueltas de vueltas..., oyen canticos de esperanza gospel y se exaltan al escuchar ya tres veces seguidas que el candidato a presidente de la república de Guatemala esta por llegar.
Ya llegará y repartirá sus dones invisibles, su carisma, su lozanía de pequeño y falso millonario, ya lo verán alzar las manos y levantar la voz a todo pulmón y con gracia resolver en el aire los problemas más tristes, más angustiosos, más urgentes de un pueblo que camina entre bolsitas de agua pura.
Veo a otros que sudan y se desesperan. Hay niños jugando a pelear y mujeres besándose con sus hombres de sombrero. Viajan gratis, con almuerzo y refacción, unos queriendo ver a su líder y otros aprovechando entre la sexta avenida sus cortas horas de viaje, todos de rojo, todos entre todos.
Uno de ellos se pierde en las alabanzas y cantos, en las consignas... pero en el fondo realmente hay silencio, y ellos lo saben, hay un terrible vacío, y ellos lo saben, hay soledad y ellos, todos ellos lo sienten. No van a cumplir con nada porque los hombres, según dice un viejito en la plaza grande, no fueron hechos para gobernar hombres, sino animales. La Biblia dixit. Apunto

miércoles, 29 de abril de 2015

NOTA BREVE SOBRE EL DESEMPLEO (UNO)




Aún recuerdo aquellos tiempos en los que trabajaba en horarios estrictos. Cada mañana en realidad parecía una extraña pesadilla, más todavía, si en mis sueños ignoraba la esclavitud, el código preciso de una realidad devastadora. Ya la mañana no era ese sol y el camino imaginario desde la curiosidad amigable hasta el deleite, el pan y la existencia. Cada hora entonces soñaba con vagabundear, salir un día, irme lejos, conocer gentes y paisajes. Andar con poco dinero y mucha libertad, con la voluntad exótica del que ya lo tiene todo con solo respirar el aire. Ingenuo o no, nihilista, anárquico, hipie o no, eso era lo que más quería.
Pero entonces, eran horas terribles al mando de un jefe, que en el peor de los casos, era un señor muy terco con ideas viejas, un léxico de vulgaridades repetitivas, una fotocopia de la mediana empresa y de los nuevos ricos en un país desesperado. El pueblón entonces se me olvidaba entre lecturas a la hora del almuerzo. Antes que ese venerable hijo de Dios, llegara de nuevo de su mansión prefabricada y me siguiera dando órdenes. Entonces yo obedecía, era parte de ese contrato invisible. Siempre fui respetuoso, responsable y honrado, esas clausulas de buena conducta que tanto aman. Trabajé y fui merecedor de cierto respeto social, ya saben "el que no trabaja que no coma", según las sagradas escrituras.
Pero no comía en paz, me daba cuenta que el sueldo que ganaba era siempre tan exacto como una emboscada, para levantarte de nuevo por la mañana con la angustia perenne de que tenes que ir a trabajar para sobrevivir, y que todo estaba fríamente calculado hasta la eternidad. 
Así fue como una noche me dio rabia de chucho todo eso. Traté por todos los medios de salirme golpeando contra la pared invisible con mi furia de perro. Ladré, grite, golpee las ventanas sucias del bus atestado de gentes. Si lloré y me rompí la cara contra el vidrio. Mordí a algunos pasajeros de esa camioneta sin destino, esa escalera hacía ninguna parte. Luego me salió de adentro un humo negro cuando lo quemé todo por dentro, intentando hacer memoria de la memoria.
Me quede quieto esperando algo, lo que fuera, pero el bus no se detuvo, siguió su marcha desesperada y maldita, su carga sin peso, su peso sin alma.
Leí poesía entonces en el bus, un silbido como una aguja, palabras que eran las mismas pero en llamas, leí feliz de encontrar mi voz, y ya no tuve que luchar contra nada. Recité todo lo vivido y por eso me bajaron.
Ellos mismos me bajaron.