lunes, 14 de diciembre de 2009

LLAMAMIENTO (COMIENZO DE UNA NOVELA) I


Abril es el mes más cruel;
engendra lilas de la tierra muerta,
mezcla memorias y anhelos,
remueve raíces perezosas con
lluvias primaverales.

T.S. Eliot.


Al entrar, sentí las paredes heladas y húmedas como si la casa se fuera hundiendo como un barco. De costado, en su cama, al fondo de la habitación, de espaldas a todos lo vi. Estaba como un bulto enrollado en sábanas. Pude sentir la estancia pesada por los últimos visitantes que esperaban que muriera en cualquier momento, puesto que el sentimiento era de resignación general.
- ¿Papá, me escucha? –le preguntó una muchacha –aquí esta su hija Carmen –dijo, y me sonrió.
Mi madre estaba sentada sin emoción, como si estuviera esperando en un consultorio. Una señora se levantó y me dio un lugar. La joven me miró con sencillez y me pareció muy agradable, porque me vio sin ningún deseo de hacerme parecer culpable. Se acerco a mí con una emoción sincera.
- Así que usted es mi hermana –me dijo.
- ¿Cuál es tu nombre? –le pregunté.
- Ana Lucía Ramírez –me dijo, y luego me preguntó –. ¿Quiere café?
- No gracias.
- ¿Agua?
- Si, agua si.
En seguida regresó con un vaso. Parecía desvelada, y su semblante pálido me dio una profunda compasión. Me preguntó sobre mi vida hasta que se quedó pensativa viendo hacía la cama.
- ¿Desde cuándo enfermó? –le pregunté.
- Bebía mucho –me respondió – y bebía para enfermarse.
Vi hacía la cama. Parecía dormir profundamente. Después de sesenta y cinco años allí estaba, a punto de morir. No se me olvidaba aquella tarde, no podía dejar de pensar en lo humillada que debió sentirse mi hermana, y lo ofendida que me había sentido yo misma, al oír sus palabras duras, afiladas e infectadas de odio. Había pasado toda mi vida tratando de olvidar aquel agravio, y también tratando de comprenderlo, tratando de perdonarlo, pero era inútil, porque algo dentro de mí ardía por levantarlo de su mismo lecho de muerte y golpearlo con el mismo calibre con el que me había maltratado. Pero ahora podía verlo derrotado. Escondido en ese colchón hundido, rendido ante los años y por las horas, que a momentos, eran para él y sólo para él, como un pesado lastre que lo empujaban en los abismos intangibles de la muerte.
Los que estaban ahí eran muchos de los amigos que habían conocido de cerca; algunos bebedores, compañeros de cantina, malos maridos. Eran gente humilde y permanecían callados con el sombrero sobre las piernas. Pero me conocían, o por lo menos habían oído de la hija ingrata que no quería llegar a despedirse de su padre. Eso era lo que ellos creían, pero la historia cierta era muy distinta, y no era yo quien debía contárselas. Por su silencio podía oír como los gatos pasaban sobre las láminas, como lentamente se me hacía perceptible el olor a metafen y creolina. Las paredes eran de adobe y se miraban los bloques desnudos a penas disimulados por los calendarios y las fotos de la familia. El mismo había excavado los cimientos, y había puesto adobe sobre abobe hasta entramar la casa por dentro y por fuera a su gusto. Tenía seis hijos, pero sólo Lucia se acercó a saludarme. Los demás miraban el suelo, pensativos, disimulando la misma incomodidad que todos sentíamos; de vez en cuando uno de los varones me miraba y trataba de ocultar el malestar que le causaba. Los varones se parecían a la madre y las mujeres tenían los rasgos del padre, aunque los modales de los varones eran sin duda, una copia fiel de nuestro progenitor. Porque también era mi padre. Mi hermana me decía “perdónelo Carmen, perdónelo, el no se va a morir si usted no le da su perdón”, y luego añadía “esta agonizando”.
Era tan reciente el dolor que yo no hubiera llegado nunca si no me hubiera conmovido Eva, su mujer, su segunda esposa. Llegó hasta mi cama y me habló con franqueza. Me dijo que uno no conoce el corazón de los demás, y sobre las penas que otros llevan; me habló que el perdón era una medicina. “El se va a morir, pero nosotros nos quedamos sufriendo”, me dijo cuando salió. Pero no me convencieron sus palabras, que a fin de cuentas eran las mismas repetidas por todos, sino el sentimiento secreto de amor que trataba de ocultar por mi papá. Y ahora, cuando la vi me pareció la misma, con sus manos tan blancas que se le marcaban las venas, y sus ojos tristes, y la misma ropa de hacía dos días.
- ¿Qué hora es? –le pregunté a Lucia, que seguía callada.
- Ya son las diez de la noche –me dijo.
Yo seguía pensando, tratando de ordenar una vida completa. Mi mamá se había vuelto a casar también. Y hasta mis hermanas, las hijas de su segundo matrimonio, me urgían que lo perdonara. ¿Cómo podía perdonarlo si ni siquiera podía verlo? Pero eso fue antes, antes que me diera cuenta que también tenía sus ojos y su pelo, y quizás su mismo corazón, puesto que mi abuela me decía que era igualita a mi tata, era igualita a él por la mirada huraña, y una rebeldía congénita que hasta mi madre detestaba. Pero me parecía irreal verlo ahí a punto de irse para siempre, aún cuando era tangible. No tenía ni un recuerdo amable. Lo había visto antes con repulsión, y ahora, ya viejo, no me parecía que aquel hombre fuera el mismo que años atrás me despreciara con tanta saña como si, verdadera y terriblemente, le hubiésemos amargado la existencia con el simple hecho de estar vivas. Pero me parecía absurdo que después de tantos años yo siguiera acumulado todo aquello como si fuera una herida emponzoñada, mientras mi hermana hasta lo amaba, aunque no le hubiera regalado ni un par de zapatos en su vida. Nada me había dado. Tan sólo un recuerdo que ahora mismo era tan intenso que me sofocaba.
- ¿Puedes enseñarme donde está el baño? –le pedí a Lucia.
Me llevó de la mano por un grupo de jaulas donde dormían gallinas y palomas. Sentí alivio al orinar. Era un baño con paredes estrechas y una puerta de madera por la que cualquiera podía abrir desde afuera, así que podía ver el cielo abierto mientras orinaba. Me quede viéndolo por más tiempo. No quería regresar. Mi mente estaba confusa, no podía pensar claramente y experimentaba una opresión en el pecho, y me faltaba el aire. Salí del baño y me quedé un rato respirando el aire tibio de la noche de abril. Miré mis zapatos negros, las calcetas blancas, el vestido azul de paletones y la blusa de niña que detestaba, pero que a mi madre le parecía adecuada.
- Tienen bastantes animales –dije al sentir el silencio.
- Mi papá y sus ideas, un día le dio por construir una jaula para gallinas, no sé de donde sacó unas palomas, y se le ocurrió construirles una jaula, ahora son muchas más, la otra noche vino con unos patos y así se mantiene, trae animales y era el único que los mataba y se los comía sin corazón, yo me encariñaba con ellos.
- ¿Oí que tiene un gallo?
- Si, pero hace tiempo que empezó a botar las plumas y se ve que esta malo.
- La bisabuela tenía un loro que se desplumo cuando ella murió… como si hiciera luto –le respondí.
Oímos unos pasos.
- Carmencita, su mamá ya se va –dijo Eva.
- Yo quisiera quedarme, si ustedes me lo permiten –pregunté.
- Hablaremos con su mamá –respondió Eva.
Mamá no dijo nada, se adelantó al automóvil y me dejó atrás. Uno de los hermanos de Lucia me saludó y se despidió a la vez, lo mismo hicieron los demás.
- ¿Están cansados? –le pregunté.
- Talvez, yo no me he entendido nunca con ellos, de mi mamá es la única que últimamente me he preocupado, me parece que si papá se muere ella se va a morir también.
- Estuve a punto de no venir, pero tu mamá me convenció –le dije sintiendo amargo el paladar.
- Mis hermanos se acuerdan de ti pero ahora están afectados por la pena –dijo ella como disculpándolos –nos recordamos muy bien de todos.
- La sangre es la sangre, verdad.
- Eso es cierto, mírate tú, ayer no querías saber nada de nadie y hoy hasta te has quedado –dijo ella.
- Para mi vale la sinceridad porque los golpes de la vida llegan por la mentira.
- Hay cosas que no decimos nunca, y quizás con un poco de valor uno llega a contar un poquito de lo que tiene guardado –dijo, con los ojos húmedos.
- Si nos oyera hablar mi madre diría que estamos delirando –dije.
- Quitándole el trabajo a Dios para dárselo al diablo –dijo lucia, riéndose pese a las lágrimas.
Pude oír sus palabras sinceras. Pero ahora, en el silencio de la media noche me sobrecogió la conciencia. ¿Perdonarlo? Pero si él era el culpable, no yo. ¿Debía pelear contra mis rencores y arrancarlos de raíz, y dónde dejaba todo el tiempo de dolor, el hambre y el desprecio? Me quede viendo el bulto envuelto en las sábanas y no pude sentir compasión. Parecía que estábamos velando un cadáver porque el hombre ya no se movía, y ni siquiera parecía respirar. Lo observé en cuanto nos quedamos calladas las dos, y de pronto no oí más que dos respiraciones, precisas y flotantes, y la preeminencia de algo quieto, pesado, como un objeto material.
- Anoche estuvo hablando solo, murmurando, ninguno pudimos entender lo que decía –dijo de pronto.
- Quiero hablarle, decirle que estoy aquí y decirle que lo perdono –dije como si presintiera un final.
- Si es de corazón debes hacerlo –me dijo ella.
Entonces tuve el valor de pedirle que saliera. Me dio un apretón de manos y salió diciéndome que me iba a buscar un suéter.

Imaginé que Eva estaría limpiando la cocina, haciendo tiempo para entrar a relevarnos. Pensé en acercarme, y tocarlo del hombro, sentiría la sábana fría, más helada que mi mano, me acercaría sin rencores y le daría un beso en la frente, y entonces sentiría su piel tensa, tan fría que me haría verlo detenidamente en su lecho, y sentiría inevitablemente el deseo de cubrirlo muy bien, le diría papá, padre, aquí estoy, soy su hija Carmen, lo perdono, luego repetiría lo mismo con más fuerza queriendo despertarlo y tratando de convencerme, lo movería del hombro, le daría la vuelta y lo vería pálido, inexpresivo, acercaría mi mano a su nariz y no sentiría su aliento, me acercaría a su pecho y no oiría su corazón, retrocedería y lo vería de lejos, quieto y frío como las mismas paredes de esa habitación, diría entonces en voz alta que no, que no podría perdonarlo aunque ya estuviera muerto, entonces me conmocionaría el cantar de un gallo como si fuera amaneciendo o como si estuviese negando de nuevo a Cristo, y me alejaría de pronto al sentirme un poco culpable, un poco cómplice de algo oscuro, indescifrable, y finalmente saldría un grito de algún lado, un llanto, y un abrazo de alguien.

Lucia entró y se tiró sobre él sacudiendo la cama con su llanto. Tardó un momento para que me diera cuenta que Lucia se había quedado a espiarme por una abertura en la puerta. Tras ella, entró Eva, que me abrazó, inconsolable.
- ¡Se murió…, se murió el señor! –le dije, sintiendo el vacío de la media noche, como si el barco se terminara de hundir en la mar de un instante.
- Murió al oír tu voz, cuando llegaste –me dijo con cariño.
-
(2003)

viernes, 11 de diciembre de 2009

UNA CITA IMPREVISTA EN UNA BANQUETA DE LA ZONA UNO




A veces se me olvida que soy pobre.

Edna sandoval
Una calle de la zona uno es un karaoke de colores y sonidos que imitan a la máquina más cosmopolita del mundo. Tantas esquinas, y al azar nos traza con líneas paralelas el más infinito de los encuentros, una amiga virtual de la que hemos visto fotos en alguna red social. El azar entonces nos hace una cita en una banqueta donde, naturalmente, sin hacernos preguntas, fumamos y conversamos tan serenamente que nos parece, sólo hasta el final, un milagro cotidiano.
Era ella. Había visto sus zapatos negros y su caminar tan único y había recordado, paralelamente, esa vez que la había visto en la galería. Había visto sus fotos y había buscado una explicación para sus ojos. Ahora estaba conversando sobre su participacion en Horror Vacui, y esa pieza de un arte espontaneo en el que aparece un cassette con la cinta haciendo girones. Me comentó sobre su gusto por las bolsas Prada y la ropa. Llevaba una bolsa Dolce & Gabbana, pequeña, azul, de donde sacó, con su mano, dos cigarrillos. Me ofreció uno y fumamos hablando de esas citas a ciegas o planeadas desde el internet. Me contó de sus desengaños riéndose. Bromeamos tanto sobre eso que terminé contando también mis fallidas experiencias con los romances de la red. Era casi tan extraño estar ahí un día miercoles al medio día, como si estuviéramos en una cuarta dimensión manejada por nosotros mismos. Me contó de sus experiencias con el vino y los paraisos artificiales, y le divertía, verme ahí, con resaca.
Acababa de almorzar y caminaba sin rumbo antes de encontrarla. No había ido al trabajo, ni había avisado y tenía la certeza de que me iban a despedir. Creo que revelaba todo eso en mi actitud. Pero a ella no le importaba. Llevaba sus lentes oscuros sobre su pelo liso y negro, profundamente negro como su mirada de ángel urbano, y su voz era un estimulante para mis agudos ensueños. Podía ver su boca perfectamente dibujada por un crayón de labios que me decían algo del mundo. Suficiente sobre los automóviles y la gente desconocida que pasaba a nuestro lado. Creo que hablamos mucho de los dos, tanto que me gusto su franqueza y buen gusto para decir las cosas más superficiales y darles un brillo universal.
Finalmente la terminé acompañando hasta la otra acera del mundo donde terminaría una cita imprevista.

jueves, 10 de diciembre de 2009

ROYAL PALACE CLUB


El guardia registró a cada uno como siempre lo hacía. Llevaba al hombro un pesado fusil que sujetaba con incomodidad cuando revisaba.
- ¿Su cédula?- me ordenó con desconfianza.
La vio rápidamente viéndome a los ojos. Luego vio por la ventanilla de la puerta, hizo una señal y abrió la puerta. Alguien más corrió una cortina roja y vi adentro el grupo de siluetas ahogadas en el humo denso de tabaco y misterio. Caminamos siguiendo a Santiago, entre las mesas dispuestas para la presentación, buscando un lugar al lado de la tarima. Los espejos multiplicaban los cuerpos y las luces de colores volvían los espacios intermitentes; al fondo estaba el bar donde atendía un señor haciendo ademanes y dando órdenes a los meseros, los cuales sólo ayudaban a limpiar las mesas, según nos decía Santiago. Una de ellas se acercó hasta nosotros, nos señaló una mesa y luego nos preguntó.
– ¿Qué van a tomar?
Estaba vestida con encajes infimos mostrando todas las líneas de su cuerpo juvenil; llevaba una libreta en la mano y parecía sentirse dueña de sí misma, como cuando una leona a sometido a su presa. Ernesto le preguntó su nombre, mientras Santiago le tocaba las piernas, riendo triunfante, mirándonos a todos como si tuviera un trofeo en las manos.
– Me llamo Lucero- respondió con una sonrisa cómplice.
– No, Lucero, muñeca, di tu nombre verdadero –replicó Santiago, aún acariciándola con la mano.
– ¿Y cómo se llama tu amigo?- preguntó.
Me vio tan aislado de todo, mirando a la bailarina desnudándose con una canción romántica, abstraído, como en un sortilegio.
– No ha estado con ninguna –le dijo Ernesto, riéndose de mí.
Ella me vio y me sentí como si me comenzara a desnudar con la mirada.
– Tráigame tres cervezas –dije sin bajarle la mirada.
La vi venir a lo lejos. Puso las cervezas en la mesa y caminó como una loba hasta donde yo estaba, vio que no le ponía atención, afectado, viendo hacia la tarima. Con tu permiso, dijo y me abrazo, hasta sentarse en mis piernas, mientras me cantaba la canción en el oído. Una mano se agitó en la barra y se levantó. Ya las había visto a todas cuando Ernesto me preguntó que si me gustaba alguna. Había visto a las mesas y mirado como sus amantes las abrazaban de la cintura, hablándoles al oído por el ruido de la música; las había visto hasta entonces ebrias, bailando solas, extáticas, sumidas en una fiesta pagana como la de las sorguiñas en su aquelarre, con sus peinados de brujas y sus miradas iluminadas, lanzando gritos de felicidad o de odio, viendo sin ver, besando sin besar, levitando en su carnaval nocturno donde su ser se disolvía como el mismo humo del cigarro, o caminando de la mano hasta la alcoba más cercana por el deseo más siniestro. Ellas vivían sin inocencia, conociendo tanto a sus hombres que podían ver al pobre niño que llevaban en sus fornidos cuerpos; eran tan maternales porque al fin de cuentas eran mujeres. Aquel lugar era un altar donde se sacrificaba la moral y sangraban todos los misterios de la muerte por placer.
Santiago tenía una familia, pero era alegre y le gustaba de vez en cuando asomarse a ese mundo donde parecía otro, tal vez aquel joven soltero que no disfrutó enteramente de su vida. Ernesto era soltero y trabajador, fumaba y bebía hasta que se le acababa el dinero y tenía una novia en cada burdel, y a veces ni le cobraban, era gordo y se vestía como ranchero desde que le habían dicho que parecía ganadero. Santiago era delgado, prudente, pero al beberse la primera copa se volvía despilfarrador, cantante, romántico y soñador, y siempre encontraba con quien romperse la cara.
Una voz presentó a la próxima bailarina. Santiago había pedido más cervezas. Ernesto abrazaba a una joven morena de cabello castaño.
– Y esa David... –me dijo Santiago, señalándome a una.
Ella parecía un águila con las alas extendidas, como si estuviera dispuesta a remontar el vuelo. Se sentó en una mesa y me miró por un instante. Tenía algo que no lograba descifrar, pero parecía una reina cautiva entre los grises reflejos de los cristales. Pensaba en eso, cuando se levanto violentamente y desapareció tras una fila de seis mujeres sentadas, y todas parecían esperar a alguien y me dio la impresión momentánea que tal vez esperaban al mismo hombre; las seis vestidas igual, con los labios y el rostro maquillados sin mesura, como aquellas niñas que se pintan a escondidas de su madre para parecerse a ella. Se miraban tan quietas, preparadas para la juerga, seguras de que entraría el hombre cuando ellas voltearan el rostro.
– Ahora regreso –dijo Ernesto, y se sonrió.
– Y la suya hermanito –pregunté a Santiago.
– Allá viene –me respondió con una seguridad profética.
La saludó con un beso en la boca, y abrazo su cintura hasta que ella se sentó a su lado, y comenzaron a platicar como si la conociera. Mi cerveza helada hacia flotar del fondo burbujas infinitas que me bebí de un sorbo.
– ¿Tiene fuego? –me preguntó una voz.
– Si, pero si me acompaña –le respondí.
Ahí estaba el águila con sus alas extendidas, pluma por pluma, con sus garras afiladas y sus ojos rapaces.
– Ya te conocía antes de que vinieras –me dijo.
Yo pensé que era otra más de sus estrategias para desmantelarme sin tocarme un pelo.
– ¿Cómo? ¿Ya me conocías?
– Hoy me salió en las cartas..., es la primera vez en este mes que me sale algo bueno –dijo.
Tomó mi vaso y lo llenó hasta el borde, luego bebió sin dejar de verme con sus ojos carroñeros. Entonces para mi sorpresa una sombra se le cruzó por el rostro, pero no era una sombra exterior sino interna y me sorprendí de poder notar una sombra diferente en un lugar hecho de sombras. Era vibrante, oscura, innombrable, y se escondía tras ella agotándola, consumiendo todo su ser. Miré el fondo amarillo y espumeante de mi vaso y le eche la culpa al alcohol.
– ¿De dónde es? –pregunté acariciándole el rostro.
– De lejos –me respondió.
– Y, porqué tan solita.
– Eres el primero que lo nota… No hablo con nadie, acá todas se pelean por los clientes, y yo no quiero matar una puta –me dijo riendo.
Santiago se levanto también y caminó a los privados. Llevaba a la mujer de la mano como si fueran novios.
– ¿Te parezco vieja? –preguntó al encender un cigarrillo y, mientras me hacía la pregunta y encendía el cigarro, miraba para la cortina roja.
Entonces vi entrar a los seis hombres que esperaban las mujeres y parecían ansiosos de sentarse, pedir una botella de ron y emborracharse hasta que las seis mujeres los llevaran en hombros, uno por uno, hasta el cuarto donde les quitarían el deseo, la billetera, la mujer y sus hijos, y seguirían quitándoles más de lo que ellos quisieran dejar. Ya los esperaban en una mesa, de pie, inquietas por volverlos suyos.
– ¿Cómo... no te parece que yo soy el único inexperto acá? –le pregunté de la mejor manera, recobrando el sentido.
– No me hagas reír.
Sonrió. Parecía complacida y me gustaba lo que el vino lograba en ella. Hasta parecía feliz, como si de pronto no estuviera allí viviendo aquello, sino en algún lugar más intimo de su memoria.
– ¿Cuánto has bebido?
– Un poco más que tú –respondió.
La sombra se asomó como el temor, macilenta, densa como la oscuridad. La disimulaba con su forma de caminar, con su gallardía de mujer. No se notaba cuando sonreía, cuando mostraba su cuerpo, su espalda fina, su cintura bien hecha donde estaba escrita la lujuria. Su mirada me descubría viéndola y me envolvía con sus maneras de verme y seguir viéndome, de hacer que yo la viera, de vernos y desconocernos, de volver a sentir que nos conocíamos de antes. Su sombra no importaba entonces, yo la ayudaría a cargar con ella, aunque fuera absurdo que pesara tanto la oscuridad. Sus piernas eran blancas y firmes, y pronto las tenía rodeadas con mis manos, hasta que llegué al final de su espalda. Cerré los ojos involuntariamente llevado por su olor a hembra. La abrace, la atraje hasta mi pecho y la besé como si hubiera estado herida. Le di calor a sus manos y como si fuera tan sencillo actué una escena romántica, sólo para ella y para mí; para que ella no llorara sintiéndose tan lejos y, para que yo no hiciera lo mismo al estar con una extraña. Me vio con sus ojos de gavilana preparada para el vuelo.
– ¿Vamos ya...? –me dijo finalmente, como si fuera urgente para los dos.
Tomó mis manos y me desafió tiernamente con el filo de sus ojos. Pasamos por entre las mesas y llegamos a la puerta de su cuarto. Entramos y nos empezamos a desvestir con la vela encendida; ella me iba contando con voz acallada: sus agonías nocturnas, diciéndome lo lejos que estaba su hermana mayor, diciéndome el nombre de sus tres hermanitos y, el enfado de su padre y las bendiciones de su madre cuando la vio subierse al bus con destino al norte. Me contó de las tardes sin hacer nada, de las flores que compraba los domingos, y entonces terminó de desvestirse.
Afuera seguía la música, que se colaba sin razón entre las tablas de la puerta. Cuando se recostó a mi lado y sopló sobre la vela, la oscuridad del cuarto ahogó nuestras sombras.


((2006))

martes, 8 de diciembre de 2009

CASANDRA Y NACHO CRENDE (...Y SU VIAJE COMPLICE POR LOS SUELOS MAGOS DE LATINOAMERICA)




La lectura de poesía fue en la memorable cueva El Olvido, un bar detenido en el tiempo, con pósters de Pedro Infante, Daniela Romo, Cantinflas, una rockola de donde nace la voz de Roberto Carlos, y una televisión con una película de picaresca mexicana que nadie mira. Es viernes por la noche. Entre los invitados, hay dos jóvenes que parecen más europeos que argentinos. Viven una visión propia, que empezó meses atrás cuando decidieron que iban a viajar por toda Latinoamérica, sin portar ningún artificio de la tecnología, con dos mochilas, varios de sus libros publicados en su propia editorial y un gusto por la aventura del Autostop.
Le pregunto a Casandra si puedo empezar con la entrevista.
- Esperemos a Nacho –dice con su acento del sur.
Nacho llegó con una sonrisa que sobresale de su tupida barba castaña. Se siente cómodo en una silla y veo a los dos tan juntos como si fueran uno solo, como si uno no existiera sin el otro. Me lo confirman sus libros, que van enseñándome, donde veo los dibujos espontáneos de Casandra y la poesía de esa simbiosis tan rara en un mundo disgregado. El libro se llama Historia en Fábula de un Caballo Violeta (a veces alado), y me dejan hojearlo mientras me van contando el por qué de los caballos diferentes a cada verso, del juego de los recortes de palabras, de la forma del libro acordeón, y me gusta encontrar en ellos tanta sencillez.
Cuando uno conoce a Nacho Crende y a Casandra Lavalle (que son sus nombres en la vida real), puede que uno los confunda a primera vista con una pareja Hippie. Pero al hablar con ellos uno queda atrapado irremediablemente en su universo, que no es una suerte de complicada trama filosófica, sino una fiesta de la ingenuidad lúdica que los conecta al otro mundo con el regocijo de la niñez. Son como dos niños grandes, creyentes de seres imaginarios y gracias a la correspondencia magnética con la conviven diariamente pueden organizar todos los días un mundo donde la imaginación es sobreviviente. Me cuenta Nacho, que los cuentos surgieron por el hábito que tiene de contarle a Casandra un cuento todas las noches.
- Todas las noches le contas un cuento nuevo –le pregunto, sorprendido.
- Si –me responde –así fue como nació también La No Tan Trágica Historia Trágica de Don Señor Trágico Corazón, porque siempre empiezo contándole un cuento y ella se duerme (y quizás lo sueña), y yo me quedo pensando que el cuento puede ser escrito para que ella lea la continuación al otro día, y sepa el desenlace.
- Luego yo hago los dibujos con la referencia de lo que imaginó en el cuento –me dice Casandra –, siempre lo hablamos, y luego unimos los dibujos al texto.
- Si, creo que nuestros poemas tienen muchas formas de ser leídos –me confiesa Nacho –, creo que cualquier poema hay que conocerlo primero para saber como leerlo. Tratamos de dejar al lector la interpretación final.
- Me gusta lo que dijiste al final, hay poetas que uno relee como Cortazar, que hay que conocer sus trucos. ¿Será como un teléfono descompuesto, de una gran historia que va tejiéndose entre ustedes? –les pregunto.
- Si, pero es un teléfono descompuesto que sólo funciona si el teléfono esta realmente descompuesto –me corrige Nacho.
Nos reímos. Manuel Tzoc me pide otro vaso de vino. Veo a Casandra haciendo un cigarrillo Drums. Oigo la voz de los poetas leyendo ávidamente. Vuelvo a los dibujos de los libros y noto que hay una diversidad de dibujos escondidos en la multitud de formas.
- A veces yo mismo, luego de haber visto por algún tiempo los dibujos de ella, encuentro algo que no había visto antes –me dice Nacho.
- Y ¿cuántos años tienen?
- Ella tiene ahora 24 y yo tengo 26. Salimos con 25 y con 23, ella cumple años en Julio y yo en Marzo.
Casandra lleva puesto un pantalón con orquídeas violetas estampadas en lo negro de esa tela de algodón, una diadema con florecillas de naranjo y una sonrisa calida. Nacho lleva un pantalón Amarillo, unas sandalias donde se advierte la intención de una tijera, el paso del tiempo, algunas manchas de pintura y, la comodidad indudable de caminar como que uno anduviera descalzo…, también lleva puesta una camisa gris y un chaleco negro y me habla de cómo su vida cambió antes del viaje.
- Yo era de Tango, vino y cigarritos, solitario por ahí, y la vida para mi cambió con ella –me dice –, ahora vemos hacia atrás, y no lo creo, somos dos, ella y yo, y los dos comemos, nos vestimos, dormimos y nos narcotizamos, con ésta editorial y los libros; vengo de una familia pseudo-burguesa que para ellos la literatura era vivir flasheando, como decimos allá; yo sabía de amigos que no les iba bien porque salían con un libro nada más, pero nosotros cambiamos eso por una editorial, haciendo libros para chicos no tan chicos y para grandes no tan grandes, es un sueño sabes. Vamos por países conociendo su cultura, probando frutos nuevos para nosotros, sabes que en Argentina no hay bananas, ni papayas. A veces aprendemos a cocinar las comidas de los países a donde llegamos y nos quedamos por unos meses.
- Ustedes son como una comparación del universo –le digo, en mi emoción –porque oí los poemas de ella y suenan como más ingenuos, y los tuyos son como más elaborados en la calle y en la búsqueda del conocimiento, son entre los dos un balance, contrarios que se atraen.
- Puede ser… –me responde.
Finalmente, me dicen que piensan visitar San Cristóbal de las Casas en México y quedarse por unos meses. Me revelan que en ningún país de Latinoamérica los han robado ni han abusado de ellos, sino al contrario de lo que pregonan los telenoticieros, la gente siempre los ha recibido muy bien. Me cuentan, que tan sólo en Panamá, un oficial prepotente se le dio la gana dejarlos esperando por unos días en una isla de Kunas donde nadie hablaba español, y, sólo por ser argentinos. Al finaliza sus poemas, Nacho y Casandra reciben aplausos por su poesía, y quizás, más que todo por el valor de pregonar al mundo que aún el amor puede hacer milagros.

Lester Oliveros
Viernes 4 de Diciembre, 2009.

Todos los libros de Alacarga Editorial: Enriquito y su Nada de Sueños; Historia en Fabula de un Caballo Violeta ( A Veces Alado); La No Tan Trágica Historia Trágica de Don Señor Trágico Corazón, las Parte-Citas Fragmentadas, la poesía en un Estrellario, estrelladamente estrellado y los cuentos de Anzuelo para Sueños.
Fotografía cortesía de Maria José Sanchinelli

lunes, 7 de diciembre de 2009

COLECTIVO ULTRAVIOLETA/PROGRESO


Las exposiciones de UltraVioleta son lo máximo hasta ahora. Estuve en la presentación de fotografía a la par del cine Lux y me encantaron las horchatas con Quezalteca, las fotos de Byron Mármol y atómica música de unos extraterrestres vestidos con púas de estrellas muertas.
Ahora en el Centro Español, fue más sobrio. Progreso. Vino tinto. Un texto monumental en el se indaga en una realidad por medio de la luz, el tiempo, y la perspectiva desde una cámara fotográfica sostenida por un sujeto. Flash!. Ahí está la devastación de la industria, y al final, un cementerio sin memorias ni un solo vestigio del saqueo. Contaminación visual. En una sala hay un profeta luciferino que predice el presente. TRANSA/AVANZA. Las luces se activan alternativamente y los focos proyectan un mensaje. Al lado un Aleph. Un agujero por donde todos nos detenemos a ver el mundo.





- Y vos que viste.
- Yo vi un hormiguero, un hámster corriendo en una rueda, y a los del Congreso peleando con vasos de agua entre sus curules.
- Vos, yo vi un anuncio de cómo adelgazar y a un tipo le crecía la panza y luego se adelgazaba, también el mar.
- Es una representación del cuento de Borges, El Aleph –le digo.

En la otra sala, un circulo de fuego proyectado. Da mucho calor al sólo sentirlo en las pupilas.

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Artistas: Máximo González, Rodrigo Pereda, Andrea Mármol, Lourdes de la Riva y Caito Sánchez.

-foto: “Myra Hindley”, una de la obras de Andrea Mármol, de la serie “Asesinas seriales”.

viernes, 4 de diciembre de 2009

OLEO DE MUJER SOBRE FLORES /LEVES ANOTACIONES SOBRE PINTURA

Ana Patricia ya tiene un rostro.
Una mujer con sombrero,
como un cuadro del viejo Chagall,
corrompiéndome al centro del miedoy yo,
que no soy bueno, me puse a llorar.
Pero entonces lloraba por mí,
y ahora lloro por verla morir.
Silvio Rodriguez, Oleo de Mujer con Sombrero.

Mi gusto por la pintura empezo por el año de 1993. Llevaba un diario de sueños desde que leí a Freud y en algunos textos pegaba la foto de una obra de arte. Estaba aprendiendo a ver las cosas con otros ojos, me gustaba descubrir nuevos mundos. Dalí fue uno de mis primeros amores. Sus imagenes surrealistas fueron en otro tiempo mensajes cifrados que se me abrían como sellos místicos y podía resolver mis dudas viendo La Girafa en Llamas o El Gran Masturbador. En una epoca de fin de año precisamente, me iba todas las tardes, desde la 35 avenida de la zona 5, hasta la biblioteca del IGA. Era un lugar maravilloso, íntimo, con olor a libros y el ambiente era iluminado por una luz natural que entraba mesuradamente mientras yo miraba los catálogos completos de la pintura de Joan Miró, Jean Dean y Edward Hopper. Me fascinó su mundo. Puede que mucho de lo que escriba lleve sus manchas azules y rojas, sus imagenes regadas de un mundo impreciso y perfecto. Tuve la gran suerte de encontrar a Picasso y leer sobre su vida. Saber de sus conquistas y darme cuenta de su talento natural para sorprender a la gente con trucos de mago y una sabia observación que por sobre todas las cosas buscaba el otro lado de la verdad. Picasso esta también en mucho de lo que escribo. Creo que nunca estuve tan cerca de la magia como cuendo me abstraía en las contemplaciones infinitas desde Willem de Kooning y Jackson Pollock, las pinturas de Andy Worhol y la belleza caótica de Basquiat. Me fascinaba encontrar en colores la vida y con distorciones cómicas como en el caso de Kandinsky, y formales deconstrucciones en Rothko. Me gustaba observar lo que no entendía en un principio y darme cuenta como mi espiritu lo decodificaba y soñaba con las respuestas de un arte Mondrian tan exquisito como pueda ser la nada llena de una nueva significación humana. A proposito, de visiones de excesos, me gustó Gauguin y Van Gogh.
Pero llegar a Chagall fue por una canción de Silvio Rodriguez. Ahi estaba el libro entero de este pintor frances de descendencia Rusa. Sus mujeres y hombres volando sobre floreros colmados de las más exquisitas flores. Me gusto su mundo inventado. Su pais intimo que me ofrecía un aroma natural de paraiso y ternura. Creo que muchas de las cosas que les he dicho a mis amigas en la cama viene de las imagenes que vi ese fin de año.

martes, 1 de diciembre de 2009

PRIMERO DE DICIEMBRE EN CAMA


Hoy te encontré cubierta con una gruesa colcha afelpada con un dibujo salvaje de un tigre adormilado. En tu pequeña habitación estaba tu padre sentado a los pies de la cama tomándote la presión, tan pensativo que no oyó mi saludo. Tú me respondiste por él, sin ánimo, cansada y profundamente hastiada de lo mismo. Sentí nostalgia e impotencia, y eran sentimientos que en aquella habitación tan pequeña me ahogaban. Tu sobrino jugaba con un carrito de plástico, indiferente a tu drama diario, como yo a veces para no soltar el llanto. Recordé, al ver tu extenuada sonrisa los primeros besos que nos dábamos como locos en las casas de tus amigos. Cada vez que lo recordamos nos reímos siempre, con picardía, con un desenfado muy humano y podíamos sentirnos completos, tomados de las manos, tratando de besarnos como antes.
Muchas veces trate de ser valiente y conversábamos sobre tus complicaciones, y cada vez terminaba sintiéndome ignorante de todo, porque había que vivirlo nena, no era sólo un cuento de esos que yo escribía desde mi máquina con algún lujo burgués, quizás tabaco o café, o algunas veces una copa de vino tinto. No, no era eso, era algo diario con lo que tu debías lidiar, y saber, muchas veces, en realidad tomar al toro de la intolerancia y saborear tu condición con animo de boxeadora que esta a punto de perder la vida entre las cuerdas. Es una lucha real, tu lo sabes, contra la muerte, contra ti misma y contra los demás, y debes sobrevivir, porque por una razón estas respirando en los tiempos libres que te da la vida, y luego el golpe de la campana y se levanta el retador a cualquier hora, y es un peso completo que ya ha botado a todos. Estas en el rin, sólo te falta un asalto, siempre el último, y tú ya has ganado todos, pero el último es el que requiere calma, una paciencia de santo y que ya has practicado en otras ocasiones de la vida, sólo basta tener fe.
Te aconsejaron bajar a comer, y mientras yo siento un hambre de perro de la calle, voz haces tus mismas caras de disgusto y desprecio. Yo no sé que decirte, en realidad comer debería ser tan natural como respirar y no se debería obligar a nadie a respirar a menos que la persona quiera morir asfixiada por si misma; pero tu bajas resignada, pero sin animo, sin hambre de comida, y con unos deseos internos de bienestar total, que sólo puede ser un reflejo del subconsciente.
Sueño que tu vives en otra ciudad, en esa ciudad imaginaria tu ves y no tienes ni diabetes, ni presión alta y además eres feliz. Te lo comento y pensamos en el paraíso, en ese lugar sagrado donde no habrán hambrientos porque no existirá el hambre y donde no habrán ciegos, ni cojos, ni cansados, ni hombres con disnea o afecciones cardiacas, ni reumatismo, ni dolores repentinos, ni lepra, porque no habrá muerte ni enfermedad. Por alguna razón siento ganas de irme, pero ya es muy tarde, así que me quedo oyendo contigo la última película de la noche.

Picto—grafías

Hace años, Javier Payeras me dio el consejo de leer el ABC of Reading de un exiliado norteamericano en Paris, llamado naturalmente: Ezra...