Charles Bukowski en un comedor




                Eran borrachines recuperados, un puño de pilluelos ansiosos, algunos rostros seniles y hombres desempleados, la gran mayoría revueltos con algunos migrantes centroamericanos. Entre ellos, aunque no lo pude creer en un principio, sentado muy cerca de la puerta, a la par de un tipo obeso casi descalzo, entre unas sandalias de hule desgastado, estaba Bukowski. Llevaba una chumpa de lona azul y una gorra que antes era blanca y ahora parecía una corona deshecha en desconsolados grises. Estaba sobrio y muy serio, quizás con ganas de pegarle un buen golpe a cualquiera de todos esos, que hablaban necedades mientras la lluvia afuera hacia estragos. No quise hablarle. Solo yo sabía, entre tanta gente, quien era aquel hombre de aspecto áspero y rudos pliegues faciales.
-          Es una mierda – leí que susurraba entre labios.
Era un invierno duro. Dos temblores, apenas temblores había derrotado ya las paredes de un centenar de casas. Con la lluvia y algunas sacudidas en algunos pueblos del occidente ya todo estaba de cabeza. Sin embargo nosotros teníamos la esperanza de una buena sopa y, por ser día del padre, una hamburguesa y un vaso de horchata.
-          ¡No puede ser compañeros! ¡Escuchen, somos hondureños y le acaban de robar a un hermano! Pero lo peor es que le robo un hondureño, su compañero de viaje al Norte.
-          ¿Cuánto le robó? –me atreví a preguntarle.
-          Cuatro mil dólares –dijo.
-          No puedo creerlo –le comenté a mi vecino.
-          Dos mil quetzales a lo sumo –me susurró con un guiño.
-          Una señora se tuvo que llevar al patojo que lloraba desconsolado por su dinero. ¡No seamos tan pura mierda! –gritaba el hombre, alegando por la bolsa de su compatriota.
-          No hay que llevar mucho dinero para pasar la frontera, a lo sumo mil quetzales –dijo un señor frente a nosotros. 

Bukowski callaba.
 

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