RESEÑA CINEMATOGRAFICA


La carne es fuerte el espíritu es el débil.


Guicho Pineda

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Este fin de semana fue absolutamente inesperado. Sobrio. Trate de no salir y desde el sábado empecé a pintar cartón y quedo bonito; es una muestra de que me gustan los ojos y la mixtura de los colores, lo que transforma esas carátulas en catarsis breves de un espíritu completamente absorto en el arte de Kandinsky a Pablo Picasso, influenciado en Rothko a lo Pollock o Basquiat. Espera a una una amiga que esta entusiasmada con el proyecto, tanto así, que a las ocho de la mañana descargo una docena de cajas en mi cuarto con imágenes de televisiones para empezar todo al medio día. Pero no vino (o vino tarde). Yo cuando me siento sólo busco que comer, así que caí en casa de una amiga a preparar carne guisada con pollo frito. Ella hizo una ensalada formidable de papas con mayonesa y chile pimiento y cebolla picada. Fue maravilloso sentarme con una amiga hablando sobre todo de cosas sin relevancia y disfrutar una Fanta Naraja con hielo y comer pollo guisado con tortillas recalentadas en la parrilla de una vieja estufa con el horno atrofiado por el desuso. Compartimos unos nachos Doritos que alcanzaron hasta para el sobrino de mi amiga. Jugaba con la idea de tomarme una cerveza, pero algo me detenía, tal vez el aburrimiento de hacer lo mismo todos los fines de semana.


Pero el momento llego a eso de las ocho de la noche. Salimos a oír música. Al llegar al lugar, supimos que había un lugar VIP en el segundo nivel. Amigos de mi amiga convivían ya un poco ebrios y felices. No quiero dar nombres. Supongo que lo que importa es el movimiento de caderas de cuatro chicas con la última moda, bailando pegadas y provocadoras y yo comentándole todo a mi amiga. Bailaban tan bien con aquellos ritmos portorriqueños y del Bronx, que me distraía muchísimo pensando en lo bien que caen unas copas a eso de las diez. Pedí una cerveza. Luego me sirvieron un vaso cervecero que nunca se terminó. Nos dormimos a las tres de la mañana. Yo me quedé en el sillón tapado con un poncho de felpa que tenía dibujado un tigre de bengala.


A la mañana siguiente desperté movido por la mano de una niña despeinada que me anunciaba que ya eran las siete. A las ocho y media debía estar en Mi Lupita para desayunar con Mariano Cantoral. Así que llegué a mi casa a traer algo de dinero pero se había metido el perro y me había roto ochocientos quetzales. Debajo de la cama encontré al menos un billete anaranjado.


La mañana, como muchas mañanas de ahora, era húmeda y fría. Pase por la calzada Atanasio Tzul y me gusto ver el movimiento en la terminal. Hombres y mujeres iban y venían con piñas, verduras, carretas con mangos y cascaras de coco, niñas y niños corrían agarrados de sus padres vestidos de claveles y rosas amarillas y hojas largas y verdes tatuadas en sus ropas.


Por la tarde, luego de toda una fiesta en Mi Verapaz, escribí este pequeño texto:


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(Te vi caer del cielo como un niño con alas blancas

eras el anuncio de la vida en otro mundo

ella estaba dormida y soñaba

soñaba y soñaba antes de llorar al despertar

como una ciudad donde sus calles son vueltas desiertos
rotas sus aceras, profanadas sus intimidades)

El parque central poblado de utilería y teatros

lleno de poetas muertos con sus cadáveres exquisitos

y la idea de que estamos compartiendo el nombre

de una cerveza que anuncia la mañana

fue en la capilla octavina

donde vimos ganar a Brasil a medio día

donde al amigo se le conto esa anécdota

la historia de un libro en manos de un editor

y brindamos por la generación pre-apocalíptica

que estaba ya haciendo dibujos en la orilla del mar


creímos que en aquella habitación llena de monstruos

la arena de la playa no iba a borrar nuestras palabras

pero en otro mundo como este esta sucediendo el milagro

de la muerte

sólo bastaba la espuma en los vasos y la playa que nos devolvió

el último minuto antes del anuncio que nos dejo sin saber nada

de este tiempo a oscuras donde los zapatos terminaban sin suela

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