miércoles, 29 de julio de 2020

44/2020


In memoriam.

Hasta hoy leí la noticia de la muerte de mi tía Matilde Ramírez. Una enfermera de aquellas que a mi me daban miedo, porque nunca le tembló la mano para realizar una practica médica precisa y necesaria.
Era más bien, ya con los años, severa, pero al mismo tiempo muy contenta. Ella fue la que contó los primeros chistes malcriados en plena sobremesa. Fue ella la que me contó de cómo Pepito siempre se salía con la suya.
No era una madre en el pleno significado de la palabra, por sus horarios nocturnos de vela. Bueno, no soy yo el indicado para decirlo, pero cuando una de sus hijas se fue para el Norte a perseguir ese American-Nigthmare, ella, y solo ella, fue la que se quedó al cuidado de Alejandro, su nieto, que con el tiempo iba a llamarla madre, y ella lo consentiría hasta malcriarlo y llamarle hijo.
Pero cuento todo esto, porque ya no me importó mi cumpleaños número 44, sino que rememoré esa tarde en la que mi pequeña tía me regaló un frasco de vidrio, que debió ser de compota, y me dijo que fuera a su jardín a recolectar cuanto insecto hubiera. Ella sabía lo mucho que me gustaban los animalitos esos, y la secreta profesión de entomólogo que llevaba dentro.
La voy a recordar por su voz recia y su dedicada manera de vivir tan ordenadamente; tanto, que hace un año llegué a su casita en la colonia Bethania y estaba igual, de una forma sobrecogedora y mística, como la había visto a los nueve o diez años. Era una de las hermanas, pese a todo, que más quería mi madre. Eran como dos gotas de agua.
Una de esas gotas ya corre libre por el río.

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