NOTA BREVE SOBRE EL DESEMPLEO (UNO)




Aún recuerdo aquellos tiempos en los que trabajaba en horarios estrictos. Cada mañana en realidad parecía una extraña pesadilla, más todavía, si en mis sueños ignoraba la esclavitud, el código preciso de una realidad devastadora. Ya la mañana no era ese sol y el camino imaginario desde la curiosidad amigable hasta el deleite, el pan y la existencia. Cada hora entonces soñaba con vagabundear, salir un día, irme lejos, conocer gentes y paisajes. Andar con poco dinero y mucha libertad, con la voluntad exótica del que ya lo tiene todo con solo respirar el aire. Ingenuo o no, nihilista, anárquico, hipie o no, eso era lo que más quería.
Pero entonces, eran horas terribles al mando de un jefe, que en el peor de los casos, era un señor muy terco con ideas viejas, un léxico de vulgaridades repetitivas, una fotocopia de la mediana empresa y de los nuevos ricos en un país desesperado. El pueblón entonces se me olvidaba entre lecturas a la hora del almuerzo. Antes que ese venerable hijo de Dios, llegara de nuevo de su mansión prefabricada y me siguiera dando órdenes. Entonces yo obedecía, era parte de ese contrato invisible. Siempre fui respetuoso, responsable y honrado, esas clausulas de buena conducta que tanto aman. Trabajé y fui merecedor de cierto respeto social, ya saben "el que no trabaja que no coma", según las sagradas escrituras.
Pero no comía en paz, me daba cuenta que el sueldo que ganaba era siempre tan exacto como una emboscada, para levantarte de nuevo por la mañana con la angustia perenne de que tenes que ir a trabajar para sobrevivir, y que todo estaba fríamente calculado hasta la eternidad. 
Así fue como una noche me dio rabia de chucho todo eso. Traté por todos los medios de salirme golpeando contra la pared invisible con mi furia de perro. Ladré, grite, golpee las ventanas sucias del bus atestado de gentes. Si lloré y me rompí la cara contra el vidrio. Mordí a algunos pasajeros de esa camioneta sin destino, esa escalera hacía ninguna parte. Luego me salió de adentro un humo negro cuando lo quemé todo por dentro, intentando hacer memoria de la memoria.
Me quede quieto esperando algo, lo que fuera, pero el bus no se detuvo, siguió su marcha desesperada y maldita, su carga sin peso, su peso sin alma.
Leí poesía entonces en el bus, un silbido como una aguja, palabras que eran las mismas pero en llamas, leí feliz de encontrar mi voz, y ya no tuve que luchar contra nada. Recité todo lo vivido y por eso me bajaron.
Ellos mismos me bajaron.


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