MÚSICA PARA PERROS I


También de la mierda hacemos arte.
Julio Prado

Lo conocí ya viejo. Llevaba unos lentes oscuros, que yo pensé eran para el sol, pero no, eran para remarcar su ceguera. No se bañaba nunca y dormía entre periódicos atrasados.

Le gustaba mucho guardar comida para una rata, su única acompañante.
Vivía entre muchos, pero siempre se le miraba solo, tomando café a media noche, rebuscando sobras de cuando en cuando. Nunca lo vi reír, simplemente hacer gestos de desconsuelo que predecían muchas penas, pero en el fondo de su cuarto se reía solo, y entonces puedo jurar que se reía de verdad.
Nunca estuvo despierto, siempre parecía dormir todo el día, era como si uno estuviera hablando con un sonámbulo.

Regalaba, a veces unas miradas de espanto y solo algunos días, puedo creerlo, se reconciliaba con el mundo. Tenía un jardín y hablaba mucho con su madre, que desde lejos lo oía con terror cada vez que le decía mami aquí, mami allá.
No sé en que momento me di cuenta que en realidad era muy pobre, pero hablaba como rico. No le agradaban los indígenas y decía que Ríos Montt debería haber acabado con ellos. Era extraño oírlo hablar tan mal de la gente, como si siguiera estudiando en la Landivar y estuviera viviendo en la Cañada. Sin embargo era ateo, pero de esos que le siguen la corriente a medio mundo, solo por costumbre, ya ni siquiera por conveniencia.

Yo lo conocí un poco, pero me molestó siempre, esos saludos apacibles que en las entrañas murmuraban la rabia de la inconformidad por el presente, por el pasado y por el futuro. Era extraño, lo siento pero era extremadamente extraño, pues lo vi darle billetes de a cien a muchos de sus hijos que luego se los cobraba para volvérselos a dar de nuevo. Pero no era un padre aunque legalmente apadrino a muchos, era más bien el padrastro de todos sus hijos, porque no los quería. Tenía una hermana religiosa que de paso le aconsejó los nombres de todos sus hijos, todos y cada uno con nombres de Santos.

De joven era delgado, enfermizo y orgulloso de su provincia. Lo casaron con una mujer que dejó embarazada, la misma que luego lo engañó con uno de sus primos. De ese entonces en adelante, no quiso mucho a las mujeres más que para lo único que le convenían. De paso los hijos que se fueron sumando. Tuvo suerte con las mujeres, esas buenas señoras que se desvivieron por ellos para darles el nombre y el apellido. Que luego el pobre hombre levantaría con amigos y familiares, como estandartes de logros propios. A saber, claramente por todos que no eran suyas las estrellas, sino signos progresivos de su demencia. Todos fueron, más bien arrastrados por la necesidad, madre de todas las virtudes. Pero en fin, todos lo saben, el joven era alcohólico y alegaba demencia, contando a todos la muerte de sus compañeros de clase en un bus escolar. Cosa que algunos le creyeron por compasión. Otros, como yo, nos hacíamos los locos, o a veces los tontos para no entrar en detalles.
Y es que en realidad no era mala persona, más bien se podría decir a su favor que había tomado decisiones apresuradas, quizás antes de la adolescencia, tal vez en la infancia podría reconocerse a un niño bueno, bien portado, hasta demasiado obediente, feliz. Pero presa de las alucinaciones de la madurez, como veo, vivía pensando en el reconocimiento negado de su propia madre. Esas cosas psicológicas que van de más, pero al final son evidentes.

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