ULTIMO ADIOS A GABRIEL GARCIA MARQUEZ I

Los que conocemos la obra de García Márquez, sabemos, sin preguntarle, que la vida le jugó una broma al haberse ido en plena Semana Santa, a él, que era sobre todo un ateo modesto y disciplinado. 
La que me contó que se había muerto fue mi novia Aldebarán, que miraba en ese momento las noticias por la televisión. Estaba más pálida que yo, triste por mí, pero se recuperó al verme reír a solas en la cocina mientras condimentaba unos espaguettis. Murió mi maestro, dije, y el mundo se fue al carajo. Me sentí por primera vez, libre, como cuando a uno se le muere un padre. Quizá lo mismo que sintió Gabo cuando murió Ernest Hemigway de un disparo.
Era Jueves Santo, y ya era por la noche, así que lo único que me quedó fue tratar de pasar el rato inventando que escribir.
Recordé cuando me llenó de asombro su vida vagabunda, aparentemente alejada del rigor moral, pero que en el fondo mantenía una comunicación diaria y bíblica con esas imágenes de su mundo rabelesiano. El sería, el que me iba a guiar por Latinoamérica de la mano, él fue el que me enseñó a presentir, a tener fe en mí, en volverme un santo por temporadas para sobrellevar las penurias de dinero, o volverme un diablo por estaciones para conocer a fondo el corazón de las mujeres, porque por algo sé que en ellas esta todo el fragor de los tiempos.
He escrito decenas de textos pensando siempre en ese rigor de la observación clarividente, que ese joven delgado y con apariencia desamparada nos dejó en sus textos, a toda una generación de trashumantes bizcos entre la realidad y la imaginación. Pero no se hubiera muerto en Jueves, sino en domingo, como todos los poetas.
Sus novelas han ganado renombre, han hecho ciertas películas bastante malas. Solo espero que cuando su familia venda los derechos de autor de Cien Años de Soledad para el cine, pida como él, seis millones de dólares por lo menos, tres para ellos y los otros tres para las FARC, no porque yo sea comunista, sino porque así por lo menos no nos va a doler tanto a todos, que se caguen en sus libros.
Saludos hasta el infierno, salúdame a Dante.

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