sábado, 31 de agosto de 2013

CUATRO LATAS Y DOS MOSCAS




Soy una pluma negra. Una pluma negra de un zopilote que mató una bala perdida. Una bala perdida es una idea. Una idea es una bala perdida, hasta que uno la escribe: entonces es una bomba. Una pistola nueve milímetros es un libro. Una pluma. Estoy en Comalapa. Veo el mural del cementerio. Tenemos tanta nostalgia cuando vemos una tumba. Pero reímos en gracia al ver una escultura en una tumba. Ya son muchos. Edgar Calel me dice que en Comalapa hay dos cementerios. El de la derecha y el de la izquierda. Ho, maravilla, somos mortales. Moriremos. Pero me dice sonriente, puro y sonriente, que cuando muera quisiera un epígrafe que diga: este tipo no ha muerto, sigue pensando en arte. Me siento en esa tumba y destapamos una botella. Entonces las balas perdidas empiezan a volverse tangibles. Soy una bala perdida escrita en un libro que es la vida. Caminamos a su casa. Me muestra uno de sus cuadros que es de fuegos escondidos y oscuridades latentes, circulares, sempiternas, venas que cruzan un cuerpo y mucho más allá están sus hermanos. Uno de sus hermanos es pintor de landscapes. Una de sus hermanas hace una faja con una exactitud esencial, hecha de multitud de bolitas de plástico. Su madre nos lleva desayuno y nos platica del tiempo. Todos hablan de la energía. Pareciera que estoy con gente que siente su energía. Calel me dice que no puede controlar la suya. Yo le digo que tampoco, a menudo siento mucha energía y escribo. Visualizas esa energía, me pregunta. Veo el fuego. Estamos danzando alrededor del fuego, la marimba suena, un pito de caña y un tambor que me resuena adentro y digo: estoy en el centro de la nada, en Xibalba, en el corazón del cielo. Veo hacía arriba y las nubes parecen correr y corren tras de mi, pienso. La naturaleza nunca es perfecta, sin embargo me corrige, las nubes corren tras del sol. 
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Solo los que arden Pueden caminar sobre el fuego Y no se queman El fuego le teme al sol La ventana del viento El corazón del agua No domina su poder El fuego Quema todo lo que lo apaga El dolor será el gozo El día será la noche La felicidad dará vueltas como gato No domina su poder El tiempo Cuando el dolor empieza Por una piel y el frío Cada color contiene su laguna De inciertos deseos.
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Hay una fiesta de ciertos dioses. Comen algo que no se ve. Morimos ante su desdén. Mi amigo se quema diciendo: el fuego es lo único que jamás se quema. Estamos armando un fuego con panela, azúcar, incienso, frutas, bolitas rojas de cereza, miel y candelitas de colores, puros picantes y que hacen sudar a mis amigos, un busto de un murciélago, una vara Kan, una vara Sotz, una gratitud que llega al borde de la tierra y se detiene en las riveras del cielo, van más allá y mencionan a todos los abuelos antes del tiempo presente, luego hacen una danza. El vidente pregunta por los sueños. El silencio llena.

jueves, 22 de agosto de 2013

APROXIMACIONES: TRES BROTHER FAUNICOS/ LEONEL JURACAN, EDUARDO VILLALOBOS, JAVIER PAYERAS



Leonel Juracán: Por aquellos días ninguno nos podríamos imaginar que ese muchacho que a penas se miraba entre la multitud pudiera dar vida a tanta palabra a favor del arte. El poder de la poesía en la obra de Leonel es un Optimus Prime que narra desde su futuro un cataclismo celeste en el fondo de los ojos del hombre popular, doméstico, neutral, al margen. Tiene un libro que es como un manual para volverse invisible; otro que atenta a consumirse: Inflamable, que es donde encuentro un tono equiparado con uno de los grandes de la literatura: Gabriel García Márquez. Y su último libro de poesía llamado Fúnebre y Carnavalesco. Leonel, ya lejos de esa imagen de poeta maldito, ebrio de tanta vida y golpes, fuera de todo contexto secular del arte por el arte, a cada palabra pesada junto al olor de las banquetas, el humo negro de los buses y la nostalgia de todos esos rostros del interior de Guatemala.
Una vez le quise hacer una entrevista y como suele evadir los bochornos, de-construyó esa voluntad que me llevaba en el fondo, a ver por afuera, lo que había de interno.  Su trabajo en arte es sustancial y preciso, ha hecho ensayos breves que el llama textos museográficos, para Aníbal López o Regina Galindo. En el fondo es un poeta aunque se vista como oficinista.

Eduardo Villalobos: Una de las primeras características de Villalobos es su interés en lo cotidiano, tiene, a mi parecer, un radar para algunos detalles, esquinas y porosidades que podría pasar por alto cualquiera, se nota en sus poemas. Lo otro, según lo comentaba con otros amigos, es el tipo más educado con las mujeres que he conocido. Yo me siento  un salvaje a veces en ciertas reuniones sociales, pero Eduardo Villalobos sobrevive sobresaliente en ese mundo de rito y ceremonia; pero tengo que decir que no es porque se quiera comportar como alguien serio, no, en el fondo es un sentido de la cordialidad, de la amistad y del garbo natural que habría que tener siempre con las mujeres.
Eduardo Villalobos es un poeta urbano, uno de esos nuevos juglares entre la arquitectura art deco y noveau del Centro Histórico. Naturalmente, noto que tiene ese sentido de la modernidad, esa fractura y cicatriz que tiene todos los  poetas de ciertas generaciones. La post-modernidad, los video juegos, la música, la infancia y la violencia del tiempo, son algunos de los temas que este brother maneja, convive y compleja, resuelve.
Sus libros favoritos no deben ser muchos, Onetti y los fundamentales poetas, aunque ha leído lo suficiente para tener un criterio editorial, una noción del ritmo semántico. Aún así viste como un ejecutivo, aunque al revés de todo, siga siendo un bohemio. 
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Javier Payeras: Hablando de libros, a mí se me imponen los libros bastos, vulgares de tanta elegancia, esos libros que podrían partirle la cabeza a un cabrón asaltante. Pero fue Javier Payeras el que nos enseñó a todos, creo, que el peso no está en el número de hojas sino en el filo que lleva dentro; en las palabras, que una palabra puede golpear como un Micke Tyson. Lo he dicho muchas veces y lo diré de nuevo, no existe otro poema que describa mejor lo que fue ser adolescente en los noventas que Soledad Brother, eso creo yo, y mi visión llega de haber, simplemente leído el poema y darme cuenta que eso era lo que sentía, identificarme con esa soledad. Pero al final Javier Payeras hoy en día no puede estar solo, no porque él necesite compañía, sino por que atiende si no decenas, quizás muchas actividades en algo que en Guatemala hace unos años era desconocido: el arte. En nombre de la cultura Javier asiste a reuniones y propone un modelo cultural que rebasa, lo digo sin una sola pisca de exageración, el modelo normal del intelectual en Latinoamérica.
Sus libros no logran llega a las cien o ciento cincuenta páginas, entre todas sus virtudes, no le quita mucho tiempo a sus amigos. Pero el tiempo es relativo, como relativos son los obstáculos que ha sorteado en esta ciudad de gente precisa, indolente, que Javier ha dotado de un hambre no de pan, sino de pura y espléndida poesía. De ese tamaño es y ha sido su imaginación.