Poema/ A Lou Reed



Hace tres años, iba volando en el carro verde que luego quemamos con un dealer, corriendo era volando, viendo todos eso barriletes como manos de gigantes arcoíris, como duendes vimos como trataban de elevarlos entre el viento de muertos amarillos llenos de flores de cementerio y polvo.
Era entonces un primero de noviembre cuando nos sentamos a la mesa y pude asustarme de lo próximo del otro mundo frente a la comida y un amor pagano casi ancestral en el inciezo. Todos esos años de la mano viendo a las lloradoras cobrar por cada lágrima en los mausoleos de tres tumbas, tras bombas y marichis, luego los fantasticos almuerzos rodeados de vasos medio vacíos de risitas y llenos de recuerdos. Dos años antes leía a un muerto legendario llamado Lord Byron, un tipo de esos antiguos con una pluma esculpida en un sombrero. Antes de eso estuve en una fiesta de Halloween disfrazado de vampiro bailando con una colombiana deshonesta que a mi me pareció una virgen volátil, una pieza de aquelarre; era entonces tan hambriento de experimentar el tiempo, luego estuve en una playa celebrando un comienzo de noviembre, entre fogones en el suelo y más que inciensos, mujeres sonrientes, era parte del paraíso, hasta que me vi despidiendo a algunos, visitando tumbas aburridas y monótonas que más que recuerdos me daban lastima, imaginando rostros desfigurados, pedazos de huesos incinerados por el moho, hechos polvo, de nuevo la carne transfigurada y las flores naciéndoles del musgo destruyendo la piel, eran esos tiempos en los que entendí la muerte y la vida más aún que las carencias o el gobierno del silencio y sin sangre.
Me acercaba a las tumbas y miraba lodo, átomos obligando al polvo, estrellas apagadas todos, algunos eran como el reflejo opaco de lo que venía tramando el cielo. Ahora ya no quedan más muertos, sino amor y fantasmas.

Escrito en San Marcos La Laguna/

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