Turismo doméstico



Hace ya, ahora lo recuerdo, precisamente esta mañana, unos quince años, le dije a mi viejita que me iba de la casa. Fue algo espontaneo generado en contra de la sobreprotección y a favor de vivir una vida independiente. Iba de la mano, de seguro, con varias llamadas de atención por un estilo de vida un tanto desviado de los horarios normales en casa.

Mi mamá lloró, pero la tranquilice mostrándole que iba a vivir cerca de mi trabajo y conoció el lugar. Tenía muy pocas cosas y de ahora en adelante, debía cocinar, lavar mi ropa y, una de las obligaciones más duras de mi vida, administrar equitativamente (razonablemente dicen otras versiones), el dinero que ganaba. De eso, como digo ya pasaron varios años. Esos primeros años era una experiencia que tenía que ver con mis lecturas, la universidad, la piscina, mis estudios de francés y, principalmente, la escritura, reescritura y aprendizaje del arte de contar bien una historia. Muy alegre me pasaba horas y días leyendo.

Mi habitación, para mi suerte, quedaba en una calle donde los fines de semana, cuando no salía con mi novia, siempre había un choque. Era uno tras otro. A veces me encontraba viendo televisión cuando oíamos, todos en esa casa de cuatro niveles, el estruendo de la debacle. Yo, que ocupaba el cuarto piso, solo tenía que levantarme con calma y ver desde la terraza como esta gente iba resolviendo sus conflictos, casi siempre, imagino que por el golpe, bajaban muy molestos, casi siempre, imagino que ebrios. A veces ese trámite duraba toda la madrugada.

Mis vecinos con el tiempo ya no subieron a ver los accidentes. Yo soy un curioso decadente, así que siempre iba a ver y logré determinar el grado de emoción de las dos partes y si aquello podría servirme para una buena historia. Nunca resulto, hasta que vi Crash de Sodenberg y entendí el contenido erótico de cada accidente de transito.

Hoy que aparecen en primera página dos ex jefes de la policía condenados cada uno a cuarenta años de prisión, culpables de la desaparición de un líder estudiantil, creo que mi turismo doméstico, mi bohemia personal, mi gusto por el vino y la pintura, la buena conversación, todo lo que he aprendido sosteniendo una copa y pareciendo un niño malcriado, ha sido, después de todo, una primavera que se ha ido extendiendo con suma calma, quizás, gracias a un alma o conciencia anterior que se hastió de tanta conmoción. Claro que eso no tenía en nada que ver con un accidente.

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