BREVE HISTORIA DEL TIEMPO/ 1993-2013






Alguien que tiene muchos amigos, corre el riesgo de volverse un solitario. Está el hecho de que no somos omniscientes, ni omnipresentes y uno peligra en olvidarse de todo por temporadas; máximo si uno se apasiona con una manía tan malsana como la literatura y abandona todo por escribir, así sin más, entre una fauna de dipsómanos, adictos a cualquier cosa y feroces críticos que de frente parecen tan inofensivos.
Así fue como después de más de algunos lustros, tres para ser exactos y más o menos quince años en suma, y para ser benevolentes con los héroes de esta crónica no parecía que hubiera pasado el tiempo, tanta agua bajo los puentes, todo parecía igual. A pesar del poco pelo en la cabeza de uno de mis mejores amigos, Otto; o la barriga cervecera de Carlos; o los lentes de Velvet, que, a pesar de todo conserva una chispa original, como cuando la conocí en una banca de concreto a la par de su casa.
Porque en aquel tiempo jugábamos base ball, chamuscas, hablábamos de todo lo que veíamos en la TV, sobre cosas sin importancia, de noviecitas platónicas o certeros enamoramientos trágicos, eso éramos, Otto, Vinicio y Miguel, que además de ser mi amigo era el hijo de mi madrina. Una categoría que nunca entendí por tener en familia una educación cerrada con el evangelio pentecostal. Pero ante todo esto, caminábamos por las tardes a unas calles abajo, donde nos reuníamos entre risas y ocurrencias. Velvet era entonces la anfitriona de ese espacio frente a su casa donde habían bancas de concreto, algunas gradas, quizás hechas por sus tíos para tertulias dicharacheras con los tragos. 
Luego una tarde conocí a mi vecino Estuardo Gramajo, el Tato, que salió con un guate de base ball y boleamos algunas horas hasta que me contó de un grupo de escouts del que él era dirigente. Al otro sábado estaba integrándome a la patrulla Halcones, fue allí donde conocí a varios nuevos amigos que se dispersaban al terminar las actividades por varias colonias de la zona cinco: La chácara, el Edén, La Arrivillaga, Jardines de la Asunción, Santo Domingo o la colonia Ferrocarrilera. Conspirábamos cada sábado todo para ganar en los juegos y más tarde todo esto nos serviría para el verdadero e implacable juego de la vida.
Todo eso recordamos ayer. Nos vimos después de años. En mi caso, el más perdido de todos, ya que he pasado casi la mitad de esta vida entre libros; entre ellos se ven un poco más ya que han mantenido una correspondencia mutua de buenos amigos. Vimos fotos, almorzamos un rico guisado hecho por Velvet, que en sus palabras describe como algo irrepetible, ya que normalmente usa todo lo que tiene a la mano sin darse cuenta. El arroz con queso parmesano inigualable y una dona tamaño familiar que llevó Miguel, hicieron de esa tarde algo inmejorable.
A mí me caló el ambiente de la zona cinco. Las colonias permanecen en la memoria. Entre las fotos, aparecemos varios parados en ese gran peñón frente a la Laguna Verde, todos flacos y listos para saltar. Hablamos de caídas y de levantones de la vida. De accidentes y de milagros, estábamos ahí de nuevo, contándonos entre risa y risa lo que ya habíamos vivido en serio. La verdad me encantó oír que sus voces eran esas mismas que había extrañado por tanto tiempo sin darme cuenta. Perdón, si se me salen unas lágrimas, por tantos que ya no estan ahora.

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