YO DUERMO EN SU CAMA


No sé de fechas. No me interesan. Sólo sé que estuvimos, mi hermana, una multitud de gente y yo en el Hipódromo del Sur, una noche que cantó Ricardo Arjona y había más de tres o cuatro estadios de gente cantando. Si hubiera sabido que uno o dos años después un hijo de la gran puta tomó el curso equivocado con pastillas y su carrito de mierda, donde además iba mi hermana, le hubiera dicho cuanto me iba a hacer falta su presencia de furia y felicidad.
Siempre nos peleamos de niños. Ella era la que me miraba con fastidio desde sus años detenidos de colegio, yo en ese tiempo andaba con una rabia de chucho de la calle, rabia por cualquiera y contra todos y la casa era tan pequeña que se mezclaba todo. Pero al fin, ella era mi hermana menor, dos o tres años menor que yo, dos o tres años más pura que yo, y además, supo de matemática lo que yo jamás iba llegar a saber por leer sin descanso esa poesía de los que comen papel y café con leche. Ahora mismo escucho el disco de Ricardo Arjona, ese que por azares y desfavores irónicos, para mi mala suerte se llama Vivo, y donde de seguro estarán condensados los gritos de euforia de Claudia y de toda una generación desencantada de un país de idiotas.
La recuerdo esa noche con sus dientes más blancos que la luna mirando a la gente cantar a todo pulmón. A estas alturas sería mucho mejor que yo, quizás auditora, y ya habría sobornado a todos por darle a mi madre una casa con jardín.
No sé que sería de ese conductor que equivocó el camino y giró en otro sentido cuando vio al camión fuera de borda encender las luces últimas de la vida de dos jóvenes, antes de virar en pánico y perderse para siempre entre papeles frente al juzgado.
Mucho tiempo le costó a mi madre, tiempo, coraje y una alma enferma por la religión e inconsciente de todo su valor histórico, para poder vencer el fantasma de la soledad fría y triste de un amor que era más valiente que todo lo que nos parecía fuerte.
Restos de ella: unas fotos riendo, sus diplomas, carnets del IGSS, su tarjeta de crédito, una cédula donde aparecía tan bonita y seria, un largo ticket de un supermercado, una foto en el carro de su novio, una lápida con un Cristo dibujado con cincel, dos fechas desamparadas.

Yo duermo en su cama.

Guatemala (algún día de noviembre del año 2011).

Fotografía, Ana C.

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