FÚNEBRE Y CARNAVALESCO VERSIÓN MAGNA TERRA



De una película como Irreversible y la estética de Sin City, de las bibliotecas dormidas para el mundo y los grandes documentales de Discovery Chanell, de las aparatosas guerras y grandes ideologías, de
las infernales imágenes de Dante y las sacrosantas piernas de la Virgen de la Piedad que ya vale su peso en oro y en diamantes, de las antiguas legiones de hombres felices despellejando a su adversario hasta las hermosas tetas en los lienzos de Boticelli, de las microscópicas niñas que piden una ficha de a cinco centavos en el Amate a los gigantescos automóviles donde transportan papel moneda, de los podridos tugurios, de los insanos mundos que recoge el hambre, de los precipicios de la razón ante la justicia y la vigilancia y la hermosa letra en todos los papeles españoles donde se ejecuta una sentencia, de los culpables a los inocentes, de los festivos saturnales de los hombres de negocios del evangelio completo hasta las susurrantes plagas de hombres sucios que mendigan droga en cualquier esquina, de ellos nace, de ellos supura, de ellos brinca en plomo el calor breve de las armas de fuego y blancas, de las armas rojas y brillantes, sin filo, con fuerza, las sangres que se mesclan con el aire y se oxidan y vuelven el sol negro, desde esas infinitas manifestaciones del delirio, de las soledades extremas en intramuros donde solo se cuelan las palabras más duras, de esas que nace el rencor perpetuo, la última cena, el vaso de cerveza con ron, el vaso, la copa llena de una sidra, extramuros el rumor del humo de las camionetas, las enormes banquetas que se adelgazan con la noche, los zapatos gastados, la baba estirada al límite de los labios resecos por el alcohol del pozo, los puntos, varios puntos de donde emana el olor a canavis y piedra, piedra tras piedra quemándose, puro tras puro convirtiéndose en ceniza y más allá la honda cadencia del grito de una mujer que muere, los balazos para empezar el día, desde la cara de aburrimiento, hasta el terror del tedio, el miedo en los ojos abiertos hasta el ciego comenzar del sueño, no somos, no estamos, no existimos, la infinita invisibilidad, no somos, no tenemos un nombre, no tenemos un pasado ni un futuro, todo es un invento, pero desde todo eso nacen los versos, se mueve la mano, se ensangra el pensamiento.

He aquí de nuevo un libro fúnebre, pero carnavalesco. Leonel Juracán, su autor. No hay más que decir, todo lo demás ensancha el vacío.


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Fotografía de Dahmane

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