NIMAJUYU PRIMERA PARTE

Venimos a nimajuyu en el año de 1999. En la radio sonaba Linking Park y Blink 192 y otros grupos post alternativos. Yo empezaba a militar en las aulas de la Facultad de Humanidades. Empezaba a redactar unos cuentos malos, lentos en una clave garciamarquiana que luego envié deliberadamente a la editorial cultura. Por ese tiempo no me daba cuenta de lo realmente actual. Si notaba el juego surrealista de ver esos edificios en los que todos los apartamentos son a escala y forma parecida, y ninguno, cuando llega por primera vez encuentra una dirección. Regresaba de la zona diez en taxis que luego dejaba esperando el pago. Noviazgos tontos. Resacas espantosas. Luego el año 2000 irrumpió. Ya era amigo del Piraña, el Zope, el Tono y algunas firmitas infaltables en esa fiesta clandestina que se volvía nimajuyu de noche. Luego fue la muerte de mi hermana. Una madrugada de un sábado que yo no quise salir, llamaron a casa. Era mi hermana. Lejos estaba yo de saber que sería su última llamada. Le pregunté qué dónde andaba. Siempre he pensado que de ser clarividente le habría comunicado a mi mamá, que dormía su último sueño en paz a esas horas de la noche. Luego por la mañana sonó de nuevo el teléfono y la noticia era vaga, accidente, hospital, nada más vengan. Yo me enojé. Por alguna razón no me preocupé más de lo que debía preocuparte ante esa noticia. Mi madre ya sabía o por lo menos intuía que algo grave acababa de pasar.  Nimajuyu para mi es eso y también un lugar en donde uno puede divertirse viendo pasar el tiempo fuera, en la periferia, hundido en un estado de inalterable impasibilidad. No hay futuro entre esos edificios. La gente que empezó por comprar un apartamento terminó vendiéndolo.  Los asentamientos han cercado con violencia. Se oyen descargas de escuadra todas las noches. Un amigo murió por una equivocación en esas callejuelas. La historia urbana de Guatemala no ha significado oportunidades para los de abajo. Nimajuyu, según sé fue un proyecto en conjunto con el BAMVI y un grupo de arquitectos israelitas. En un principio era una iniciativa ejemplar en medio de todo ese oportunismo que se volvieron las bienes raíces.  Hoy, luego de algunos meses, años y temporadas de crecimiento espiritual, veo esos edificios que vuelven a pintar hombres enviados por la municipalidad, creo que la utopía ha vuelto a ser una grandiosa distopía.  En mil novecientos noventa y tres, luego de un viaje en avioneta a Tikal, pude ver plenamente el esquema de la ciudad de Guatemala, entramos precisamente a una altura suficiente para poder ver el relieve que se forma en esa zona, los edificios allá abajo parecían legos gigantes, ahora la polución, la violencia y los años, la han vuelto más real.
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