Más allá de las tipográficas de Alejandro Marré y sus libros-

 La vida es lo poco que nos sobra de la muerte.
Walt Whitman.

A Marré lo escuché leer unos poemas por primera vez en Octubre Azul.  Era el encargado de un tour junto con Pérez (ahora Meneo), Javier Payeras y otros más. Fue esa tarde que junto con mi hermana Claudia María, fuimos nosotros y muchos más rehenes, en un Metrobus a la avenida Simeón Cañas, a la extraña y al mismo tiempo gloriosa hazaña de abrazar un árbol por unos minutos. Eso fue en el año dos mil, desde el edificio de Correos, entre narrativa, instalaciones ultra-modernas y verbales muestras de identidad, por primera vez vi aquel grupo de poetas que se perfilaban al fin del siglo. Entre ellos Alejandro Marré, quien se casó con una vaca en el Parque Central, como bien lo recuerda uno de sus mejores amigos, en el performance que hizo de el un mito urbano. Todo era parte del ambiente iconoclasta, rebelde, o como dio en llamar algún crítico menos sofisticado: la generación del desencanto.
El fin del conflicto armado interno a finales del siglo XX, la teoría de cuerdas, las muestras de rocas marcianas del Pathfinder y la apertura de los mercados internacionales al mundo, Chávez y su petróleo, la muerte en vida de Fidel Castro, la languidez política de la Universidad de San Carlos y principalmente la exuberancia de la publicidad, crearon esas construcciones meta-poéticas en los libros. Marré, introdujo sin más preámbulos esos recursos de usar nombres para sus libros como Times New Roman punto 12 o Centuri Gothic punto 10, no pueden más que ser una carcajada cómplice con la tecnología y la conciencia colectiva a la hora de escribir sobre un país de lectores de dogmas cada fin de semana.
Los nombres de los tipos de letras son un medio, quizás van de la mano de toda la literatura escrita desde principios del siglo XX, con la irrupción ejemplar de la imprenta, y el tipo de letra Gótica imaginada en 1455 por Gutenberg. En realidad estos tipos de letra tan sólo son lo que son: hologramas perfectos ante la nostalgia virtual de los caracteres dejados por los Neanderthales o los brochazos de los discípulos de los ideogramas chinos. Como escribió el maestro Cardoza y Aragón “En la corriente del arte nuevo enamorado de la primitiva sencillez autentica, hay un gran cansancio, un gran hastío que arroja a sus creadores al ámbito casi imposible del troglodita, del niño y del loco”. Es lo que pasa con esos trazos poéticos surrealistas ordenados bajo un tipo de letra en perfecto orden, aparente. Hice una entrevista a Alejandro Marré, y acá dejo muestra en un tipo de letra moderna:    
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-Lester Oliveros: ¿Crees que sería posible fabricar a un escritor, desde un niño, al que se le enseñe a leer y se le obligue a escribir todos los días como un régimen? ¿Qué pensas de eso y si afecta la educación en jóvenes que optan por el ritmo de vida aislado de una sociedad alienante?
Alejandro Marré: Creo que ambas opciones darían como resultado a personas con habilidades para escribir. Tal vez uno escribiría sobre lo terrible de un régimen y el otro sobre lo terrible de la falta de oportunidades, jeje tal vez me estoy proyectando. Si yo hubiese podido elegir una de ambas, hubiera elegido la que me eligió a mi, la de estar libre para buscar mi propia voz. Pero bueno, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
L.O: ¿Puede la palabra conmover el espacio-tiempo y transformar la historia?
A.M: Personalmente creo que la palabra es una invocación y puede ser también un decreto. Creo que algunas frases, algunos capítulos, algunos versos han movido al mundo, desde el "yo soy el camino, la verdad y la vida" hasta el "just do it", el poder que tiene la palabra ha sido subestimado, pero al final de cuentas ha sido lo que nos ha movido durante la historia, y la ha modificado. Creo que alguien que se dedica a la palabra debería de tener cuidado con lo que invoca, porque por allí se hace realidad.
L.O: ¿Por qué el uso de nombres de tipos de letras?
A.M: Las tipografías para mí han sido las herramientas más sencillas, accesibles y a la vez maravillosas, en un sentido estético, para escribir. Hace mucho tiempo que no escribo a mano, y dependo del ritmo del teclado para poder escribir poesía. Me llama mucho la atención los nombres de las tipografías, porque a pesar de que muchos tienen orígenes inverosímiles, al final encuentro una poética en los nombres de dichas tipografías, porque por ejemplo, aunque no tenga nada que ver, pero solo imagínate el nombre "Century Ghotic", cómo te puede transportar a algún lugar, o "Timeless". Pero bueno, otra razón importante es porque creo que están al alcance de todo el mundo, y cualquiera puede crear lo que sea con tipografías. Lo veo también como una forma de cerrar cada capítulo con un nombre sencillo que sea coherente con mi vida.
L.O: ¿Crees que se pueda motivar la lectura en este país por medio de la publicidad y que tipo de campañas se posicionarían?
A.M: qué difícil vos, trabajo justamente en eso. Pero creo que la mayor campaña debería de estar conectada desde los primeros años en el colegio, es decir, desde allí debería de motivar a la lectura, porque luego es un poco más difícil, aunque no imposible claro. Muchas veces se cae en el error de ajusticiar a los niños con lecturas demasiado fuera de tiempo, es cierto que hay que enseñar historia, pero también se puede mostrar el trabajo de los nuevos autores con los cuales quizás los más peques estarían más identificados, por el uso de un lenguaje contemporáneo, y aquí hay muchísimos ejemplos que se pueden tomar en cuenta, incluso escritores que comparten escena con ilustradores, no se, por momentos creo que somos un país falto de motivación en ese sentido.
L.O: ¿Podes contar alguna anécdota que tenga que ver con la poesía en las presentaciones de libros?
A.M: Una de mis lecturas favoritas, fue un performance que presenté en el Primer Festival del Centro Histórico. Fue una lectura combinada con música industrial y un performance colectivo que incluía a unas diez personas. El público estaba formado por 2 personas, entre ellas Rodrigo Rey Rosa y Simón Pedroza. Inolvidable.
L.O: ¿Has escrito algún poema para alguna mujer que no es de este mundo?
A.M: Mis primeros poemas los escribí para mujeres de otros planetas. Pero nunca tuve éxito.
L.O: ¿Paris, New York o Tokyo?
A.M: Soy fóbico social, no soporto espacios con más de cien personas, por eso preferiría, los campos ingleses o el desierto norteamericano. Con un poco de ansiolíticos creo que iría a Nueva York.
L.O: ¿El lugar más extraño donde has intentado escribir?
A.M: Los aeropuertos. Si Tomás en cuenta la respuesta número 7 entenderás que este tipo de espacios me crispan y me convierten en un ser terriblemente nervioso. Tratar de escribir en un estado de este tipo es muy complicado.
L.O: ¿Vale la pena perder el tiempo leyendo poesía en un mundo pre-atómico?
A.M: Vale la pena perder el tiempo en general. Nietzche decía que el camino que no te lleva a ningún sitio, te lleva a todos los lugares. Creo que abstraerse de un sistema tan terrible como el que nos ha regido y dejarse llevar un poco, es un ejercicio importante para todo ser humano. En el mejor de los casos, perder el tiempo es valioso, y perderlo leyendo poesía, es triplemente necesario. Es casi un acto, un ritual.
L.O: ¿Cual es el futuro de un mundo como este, viéndolo desde la perspectiva de un publicista-poeta-médium?
A.M: Creo que el mundo terminó en 1980 siendo optimista claro. Algunos dicen que fue antes. Lo que nos queda es recomenzar la historia, lo que pasa es que entre tanto ruido, cuesta darse cuenta.
L.O: ¿Influencias e influenciados con tu poesía?
A.M: Influencias: Roberto Juarroz, Charles Bukowski, Jack Daniels. Influenciados: Cero.
L.O: ¡jajaja! Esta entrevista será publicada en Modern No.20.

Lester Oliveros Ramírez/oct. 2011
Fotografía Pablo Bromo

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