POLITICA Y HUMEDAD


Hace uno o dos días, qué sé yo si la lluvia no ha removido el tiempo, conocí a una turista norteamericana. Una adolescente de lo más inquietante, en principio porque pedía permiso a su madre para andar conmigo hasta las diez de la noche y para finalizar porque me dijo que tenía novio y luego no sé que se invento para que nos diéramos un beso. No sólo fue uno, pero además, el día que me presentó a su madre tuve una incomoda conversación sobre política. En realidad lo que más detesto es hablar de política, sin embargo con una buena agua mineral y naranjada puede ponerse menos tedioso. Su madre me hizo la pregunta del millón. Le dije que votaría por un pedagogo que había trabajado un proyecto para la NASA. Pero como soy suspicaz le mentí un poco y le conté que además iba a volver a votar por Arzú para alcalde pues me sigue gustando robar libros en las municipalidades.

Por un momento me pareció que se quedaba muy callada y luego bebió de su Café-Creme con angustia. Me pregunto por la Dra. Menchú y yo le tuve que decir que sabía de muy buenas fuentes que ella no había representado bien a los grupos indígenas del país y que además no estaba, en términos sólidos y profundos, capacitada para entrar de lleno a una política en la que debía llegar con un buen estomago y botas de hule.

Luego entre en confianza y le conté que había además una opción cristiana. Un grupo de evangelicos pentecostales que habían oído la voz de dios que les ordenaba aprenderse todos los códigos del TSE para optar por un cargo publico que no fuera directamente desde un pulpito. Estos, le dije, son los peores, porque no saben a lo que se meten y cuando ya están adentro el diablo les da millones por una firma falsa.

La mujer entonces, al ver que su hija se desesperaba, me pregunto finalmente por el circo de Colom y le dije que era lo más estupendo de toda la contienda. Una pareja presidencial que se divorcia de la forma más económica, pues los dos están de acuerdo y, además la mujer se lanza a las multitudes a gritar que el amor no requiere de papeles, todo en nombre del pueblo, todo por el placer de servir a su país. Sandra Torres, añadí, ya un poco hastiado con la bebida, es una mujer grotesca, fea, horrible y que mira como desde el infierno. Es una mirada tan fea como de coyote o de chucho apaleado, le dije, sin saber si reiría o se quedaría pensando. Finalmente fuimos con K a una conocida disco de Antigua, donde promocionan a los primates histéricos bailando hasta matarse.

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