CÓMO CAZAR UN LEON


               
                Donde es un cazador, un vendedor, un poeta, se les conoce a leguas. ¿Por qué? Pues porque siempre sonríen con tranquilidad. Don Mincho es un cazador. Su rostro moreno, picado por alguna viruela tenaz, ojos prudentes y una conversación fluida y simpática, logran ese acento de cazador de búfalos transparentes que solo se encuentran detrás de la realidad. En este caso, nuestro cazador de animales extraordinarios es el vocero de la comunidad. Vive a la vuelta de la iglesia construida en mil quinientos algo y además es espiritista. Me contó de todo, como si hubiera sido amigo mío por años. Me contó que, a sus setenta años, había sido caricaturista, escritor, parrandero, católico esmerado y por último, me confesó en voz baja,  que también por un tiempo había participado en política. Me habló de su empeño por la vida y la locura de vivir haciendo lo que más le gustaba: ponerse a propósito tareas imposibles o exóticas para la mayoría. Como esa vez que subieron con un su amigo una planta eléctrica a gas para ponerle luces a la cruz del cerro, en un día especial. Cuenta de todo, como digo, y todo es poco para el tiempo que no se detiene.
Ahora su trabajo es solitario. Empieza a las nueve de la noche, por medio de un antiguo micrófono, como los de TGW, a vocear los anuncios más relevantes de ciudad vieja. “Mire usted, acá, hasta el Ministerio Público ha venido, los del Centro de Salud o el Ministerio de Salud… a buscar datos que yo doy desde este centro de operaciones”.
Don Mincho fuma. Me ofrece un cigarrillo y yo lo acepto de buena gana. Platicamos de lugares de Sacatepéquez, de las cataratas de Dueñas, el Ojo de Agua de las cercanías de Alotenango, de sus intuiciones. “Oigame, yo aunque no tenga reloj, ya sé cuando son las nueve, no sé... lo presiento, lo sé y me siento aquí a trabajar”, me dice al tiempo que me enseña muchos micrófonos antiguos que el mismo ha reparado. “La necesidad me ha vuelto inventor, usted”, me dice. Yo lo veo orgulloso, feliz, como aquellos cazadores que ven invisibles las cabezas de todos los animales peligrosos que han cazado, y el mira a su león, que es la vida, como Francis Macomber el personaje de Hemingway,  transparente y feroz como sus nostalgias y disparates. Su voz se oye en todo el valle anunciando cosas por las que nadie se preocupa hasta que pasan.

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