CONFESIONES DE UN PATOJO CON CEDULA (I)


La realidad es una conversión de los sentidos. Ya todos lo sabemos. La imaginación, como el juego de la razón. La voluntad de querer seguir creando sobre lo creado: la ficción. Aprender a leer es un milagro que a la mayoría nos va convenciendo que el poder de la palabra escrita es el verdadero revolver. La palabra como vehículo o arma, la defensa por el argumento mejor estructurado, el amor ante la frase sublime que vuelve los corazones de pollo. Palabras que nacen de algún lugar profundo de la mente y los sentimientos. El ahora escrito. Algo romántico o novedoso, siempre será romántico. En algún momento los libros fueron lo que son los canales de un televisor. La virtud de imaginar a nuestro modo una forma tan compleja como la vida, una latente estructura que se borraba al cerrar el libro y recomenzaba al volverlo abrir. No puedo olvidar la primera vez que me hundí realmente. Me acuerdo que fue una noche, en la que, tirado en el suelo, con una candela encendida, leía sin detenerme sobre un viaje en globo a través del mundo. Todavía puedo recordar el olor característico de esos libros que sobreviven de mano en mano hasta que sus páginas se vuelven amarillas y húmedas. Fue un despertar. Ya no iba a oír más los gritos de los vecinos o las rabietas de mi madre, iba a meterme al bunker donde no me iba a sacar ni un terremoto. La lectura es lo más encantador que he encontrado en el mundo. Es un verdadero tesoro. En una fiesta familiar oí a un caballero de traje decir que hay que leer de todo lo que caiga en las manos. Luego lo repitió la abuela Graciela Guillermos viuda de Sun, y me convencí de leer todo lo que cayera en mis manos, que fue más bien, leer todo lo que encontrara en el camino; arrebatárselo a la gente, amigos, primos o desconocidos, robar si era posible. Recuerdo que empecé aprendiendo a leer rótulos en las calles. Panaderías, restaurantes, salones de belleza, peluquerías, burdeles. En ese tiempo todavía no sabía ni sostener el lápiz (a los niños nos enseñan a escribir con lápiz para poder borrar los errores), después me enteré que Hemigway escribía todavía con lápiz a los cuarenta y tantos años. Los personajes del más allá en esas novelas de Julio Verne escriben con tinta y plumilla. Así empecé a escribir. Pensaba que así como la tinta impregnaba el papel, la inspiración fluiría. Mentira. Flaubert demanda trabajo. Trabajar diarimente es lo que nos da la habilidad. Muchos de los buenos poetas y escritores guatemaltecos tienen esa disciplina y se les nota, eso no se puede imitar. Se es o no se es. La lectura es paralela. El escritor lee para olvidarse de lo que escribe o para guiar su creatividad. El escritor que lee puede llegar a ser un magnifico escritor. Porque la lectura trasciende. La lectura de libros sólo es uno de los escalones para leer la vida misma, sentir el nervio del cosmos. El poeta sabe leer las cosas que lo rodean. Lee y escucha el soundtrak. Luego lo reproduce. El novelista lee las caras de sus personajes, lee los escenarios, lee éntre las líneas del tren de alta velocidad. La lectura del azar es natural. Predicciones de un presente que se alarga como el queso en una pizza. El futuro leído de antemano. Me gustaría conjurar el mañana y leerlo plenamente. Pero tengo que pasar primero por este estado de la mente; el ignorar la mayoría de las cosas y sentir miedo o placer por lo que desconozco. Uno de los más grandes enigmas ha motivado la lectura y la escritura ¿quiénes somos? Y en mi caso ¿Dónde terminará el universo? Si alguien sabe algo, la dirección cartesiana, el nombre de la estrella final donde las brújulas pierden la razón, dígamelo por favor. Mientras tanto, voy a leer una breve historia del tiempo.
-Acuarela de Joel Isaacson, Charles Dickens.

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