TRANSCRIPCION SOBRE LA ARENA-




El Cadáver levantó su cuerpo con dificultad y caminó hacía nosotros. Parecía estar esperándonos en el deterioro de su existencia. Sus ropas estaban corrompidas por la humedad, y los huesos de su cuerpo insólito, ahora se veían devastados por su permanencia en la tierra. Le brotaban líquenes y hongos dentro de las costillas, y bromelias en las cuencas donde antes estaban los ojos, y brotes silvestres entre los dedos de los pies que le nacían dentro de los zapatos. Me pareció triste el olor a tierra húmeda, como la profunda sensación de estar frete a un muerto que seguía siendo consumido ante mis ojos. Pero aún así, mantenía el carácter digno de las ánimas en pena.
- ¿Cómo están todos? –me preguntó con una voz fósil, que le salía de entre los huesos de las mandíbulas.
Hasta entonces lo reconocí. Era el mismo que me había llevado a ver el fútbol. Aunque estaba más viejo y más muerto. Entonces le reconocí el uniforme de gala, y las charreteras e insignias oxidadas, y las condecoraciones podridas con las banderitas sucias a punto de caerse al suelo.
- ¿Qué esta esperando aquí? –le pregunté.
- No estoy esperando nada, ahora ya no puedo esperar, ahora sólo quisiera saber como están ustedes –dijo.
- Todo está como siempre, no ha cambiado nada –le dije –. Lo que no puedo entender es por qué esta aquí aún.
- Sólo quería verte –me dijo –. Ya no soy el mismo.
- Lo dudo –le respondí con rabia.
- Quién es ella –me preguntó.
- Es mi prometida, la acompaño al entierro de su tía.
- Los entierros siempre son tristes, pero auguran la vida.
- Uno mira a los familiares reunidos y parece el momento oportuno para hablar lo más sincero posible, pero ninguno se decide a tiempo, hasta que se olvidan las visitas al cementerio.
- Eso parece ser verdad.
Elena me sorprendió. Se mantenía en silencio al lado mío, acompañándome, como si entendiera plenamente aquel encuentro. Nos sentamos en una banca. Su estado me conmovía. No pude evitar ver su uniforme, con los botones sin brillo, y sus ropas exiguas, desechas por la humedad, su pantalón roto por algún esfuerzo material, y los zapatos desgastados desde el día de su muerte. ¿Quién lo habría enterrado? ¿Sus padres? ¿Una de sus lánguidas amantes, una de sus tantas mujeres con las que presumía? ¿Quién podría haberlo llorado? ¿Sus hijos regados? ¿Sus hijas, sus nietos? Ninguno de nosotros habíamos ido a su entierro. No supimos sino uno año después. Pero de todas formas no habríamos ido. No hubiésemos estado a tono con la situación. No nos hubiéramos visto tristes, sino en paz, quizás felices de saber que ya no compartíamos el mismo aire con él.
- Sólo quería verte –me repitió con tristeza, y de su mandíbula salió un olor a estiércol.
Su cabello enredado, blanco y largo, le llegaba a los huesos de los hombros. Su traje militar se le iba destruyendo fatalmente por las secreciones de su cuerpo en descomposición.
- ¿Recuerda a todos los que lo enterraron?
- Si, los recuerdo a todos.
- ¿No le dio tristeza morirse? –le pregunté en un tono impersonal.
- No, lo que me dio fue pena, porque es muy vergonzoso –me dijo –. Sentís como si te echaran de tu casa siendo un niño; la muerte es la calle más ancha, no hay descanso en ella porque no tiene techo, hijo.
- También la vida es algo así –dijo Elena, y luego le preguntó –. ¿Lo dejan andar así por el cementerio?
- Hicimos un trato con el guardián, cuando el se duerme, yo me quedo cuidando, y a él le conviene –dijo con una sonrisa, si es que ese ruido seco, fuera una expresión de alegría.
Caminamos por el cementerio, hacía el cortejo, al ver entrar a la gente vestida de negro, con sus velos de seda oscura las mujeres, con sus miradas graves, con el paso sencillo que se adquiere en la entrada del cementerio, con la humildad que se trasfiere al ver los nombres y apellidos de tanto ser humano hecho polvo. Oímos el discurso que dio un familiar de Elena; un señor muy culto que reseño su vida desde su nacimiento hasta su muerte. Vimos como cargaban la caja de lujo y la iban metiendo poco a poco en ese mausoleo, y como los albañiles ponían ladrillo por ladrillo en el pequeño cuadro que era como una puerta lapidada. Elena lloró en todo el camino de regreso. Me sentía cansado de ver al cadáver, de sentir su mortalidad exaltada, y me disponía a despedirme, a irme del cementerio y no volver jamás. Regresaría a mi vida de siempre, mi madre estaría en casa cocinado un guisado, y yo prepararía una taza de café y me refugiaría en mi sillón favorito a leer aquel libro con poemas de Apollinaire, y sería feliz.
- Dale un abrazo a tu padre –me ordeno Elena, con ternura.
No me dio tiempo de nada, oía sus pasos tras de mi cada vez más lentos, más leves, como si arrastrara todo su cuerpo contra la tierra.
- Ésta es mi tumba –dijo el cadáver –. Señalando el lugar donde estaba una lápida de mármol con letras de bronce “Saulo Demóstenes Ramos López”, y debajo del nombre “…pues somos como la hierba del campo, que hoy es y mañana perece”, unas flores podridas adornaban la tumba con su olor iracundo.
- Aquí se debe sentir mejor que allá afuera –le dije y le di un abrazo. Ya no sentía rencor sino un deseo simple de llorar a solas.
El viento del atardecer sopló, barriendo las hojas del suelo en un remolino sediento. El cadáver ya no tenía cabello en su cabeza, las finas hebras eran arrancadas de su cráneo poroso. Iba desmoronándose conforme el viento le socavaba los huesos hasta el tuétano, el rostro y todo lo demás, en su disolución final, hasta que sus insignias cayeron al suelo, desamparadas, sobre un montón de tierra. Elena y yo nos abrazamos, hasta que el viento mortal dejó de soplar.




-2003-

Comentarios

MarianoCantoral ha dicho que…
Me gustó este relato lapidario. Lúgubre, tétrico, espasmódico, nigérrimo. Este encuentro cadavérico.
LuRCon ha dicho que…
Como siempre hermano, es un gozo y regocijo leerte.

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