Una Frase Celebre de la Realidad en los Buses Urbanos


La realidad es la imaginación tangible.
L. O.


Regresábamos del entierro de la abuela. Íbamos en una camioneta que hacía tanto ruido al arrancar que no podíamos oírnos una palabra. La camioneta iba medio llena y mi prima había encontrado unos asientos adelante. Ella iba con sus dos hijas, que no paraban de jugar, sin darse cuenta de las caras de tristeza que llevábamos por la muerte de la abuela. La abuela había muerto de un suspiro a sus ochenta y siete años, feliz, placida, con el aspecto digno de toda muerte natural. Recordaba su rostro y miraba con desconsuelo las calles de la zona 1, los rostros de mis hermanos buscando algo de esperanza.
El bus, como todos los buses urbanos, sucio, destruido por partes, grafiteado, con agujeros de bala en los vidrios, con un chofer perdido en sus propias meditaciones, estaba a punto de ser asaltado. La primera que vio a los hombres fue mi hermana. Subieron por atrás. No habían empezado a asaltar cuando vi que mi prima se tiraba de la camioneta con una de las niñas y detrás mi hermano. La otra niña estaba sentada con mi hermana y miró todo sin saber que pasaba. Mi prima había caído sobre la acera sin golpearse aún porque el chofer no aceleraba. Nosotros, que habíamos estado ya en asaltos similares no nos movimos ni cuando empezaron los balazos. Pero antes de eso vi que mi prima subía de nuevo por su hija más grande sin percatarse lo que los asaltantes hacían y decían. “Bueno hijos de la gran puta, si no se quieren morir ni se muevan, porque al primero que levante una mano me lo quiebro, yo morirme quiero cerotes, así que miedo no tengo, celulares y todo lo que lleven de valor en las manos, porque si llevan aretes se los arranco, y si tienen dinero y no lo dan, les juro que se van desnudos o aquí se quedan pisados”. Al ver a mi prima correr para la puerta, tiraron el primer plomazo. Sonó duro contra el techo dejando un agujerito blanco. Mi prima salto sin darse cuenta que el chofer había acelerado y, por mala suerte, una de las llantas le pasó sobre la pierna. No me había percatado que mi hermano cuidaba de la niña más pequeña a una cuadra de donde mi prima estaba tirada. Aún así, la vi levantarse y caminar para una parada de bus. Mi hermano caminó a su encuentro. Nosotros nos quedamos sin saber que hacer, viendo como los dos asaltantes terminaban huyendo con el botín luego de tirar dos balazos más al techo de la camioneta.
Esa misma tarde mi prima ingresó al hospital Roosevelt.
Para no hacerles largo el cuento, pude ver a mi prima, luego de cuatro meses en una silla de ruedas, con la noticia que le habían puesto muy mal el yeso, y el hueso no le había pegado. La última vez que la vi, después de dos meses, estaba aún en la silla de ruedas. Me habló de lo mal que se había portado con un tono de arrepentimiento y resignación, porque también la vi reírse. Dentro de una semana, luego de recolectar dinero para su operación con todos los amigos y gente de la iglesia, la van a operar. La operación le va a salir en cinco mil quetzales, es posible que aún tenga que guardar reposo. De los ladrones no sabemos nada todavía.

Comentarios

MarianoCantoral ha dicho que…
Historia que se repite día a día, y cuya única diferencia es en cuanto a los protagonistas. Bien relatado, me gustó el climax. Salud(os).

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