POLLO CAMPERO Y UNA GOTA DE NOSTALGIA


Yo recuerdo que el hombre era como una sombra. Una sombra que entró con pies humanos, enfundado en un gabán sucio y mal oliente y con sus manos oscuras, sin detenerse a saludar, robó una pieza de Pollo Campero del plato de mi abuelita. Ella no dijo nada hasta verlo salir. Todos los que estábamos en la mesa lo vimos correr por séptima avenida y perderse para siempre en una esquina.
Ahora que mi abuela ha muerto, recuerdo que fue ella quien nos llevó por primera vez a Pollo Campero. Nos consintió con un postre de tartaleta. Fue en el Campero de la Sexta donde vimos el desfile de Paiz desde una ventana, donde mucha gente se fue sin pagar al ver que llegaba Mikey Mouse saludando a los niños que eran toda la multitud, pues hasta a mi abuela le brillaron los ojos aquella noche de publicidad y promoción inocente de todos los productos de esta empresa. Siempre que he vuelto a Campero recuerdo aquel episodio. A mi ya no me convence el sabor del pollo, ni el servicio; mi madre lo adora, porque como a todos, algo nos recuerda ese sabor alquímico de los años de amor verdadero.

No volvimos a ver al disipado hambriento, quizás era Dios que también se disfraza de vez en cuando para provar las nuevas promociones.

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