Después de Navidad
Las calles con olor a cohetillos y resquicios de muerte y guerras infantiles. Las puertas cerradas, los brazos inmóviles en los panteones urbanos. El ruido cesó luego de las doce, luego de los abrazos urgentes y los besos y las llamadas telefónicas. Todo quedó en silencio luego del último trago, y los vasos y las copas, los platos sobre las mesas con resquicios de uvas y manzanas mordisqueadas. Sólo el amor sobrevivió entre los vasos a medias, sólo el dolor en las recamaras solas, en los abrazos imaginados. Algunas casas urbanas, marginadas, algunos pueblos del norte y el sur, algunas almas que vivieron la fiesta silenciosa de la noche buena celestial y sus constelaciones sin envoltorios, descalzos, desnudos, juntos y felices como hombres inmortales se levantaron al otro día y siguieron el rastro cotidiano. Calles y avenidas solitarias, ni un alma, ni una voz, sólo basura a la orilla de las aceras que el viento frío arrastra como si no tuviera voluntad, pero más allá también están las lujosas moradas donde duermen mujeres solas, hermosas, con lencerías paganas y los labios rojos y fríos como fresas silvestres, duermen a media luz, solas y heroicas, mientras del otro lado del espejo, en el lago de los barrancos y los asentamientos, duermen los niños sonrientes, las madres desnudas y los padres ebrios, muy pobres, muy juntos, amándose.
27/12/08

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