VIENDO LLOVER EN LA UNIVERSIDAD











No siempre lloverá...
The Crow, la película.


Caían las lluvias y se hundían en el suelo como pequeñas flechas. Los árboles cambiaban sutilmente de color en gradaciones festivas. La carrera del agua hacia los cauces mayores, la chica del paraguas saltándolos, tan sola y triste como un velo flotando por la carretera, la lluvia mojando los techos, los jardines urbanos. Estoy sentado atrás del edificio de Trabajo Social, viendo llover, acción que es un arte en si mismo, porque no estoy acostumbrado a la contemplación. Veo el parqueo vació, es sábado, los eucaliptos y pinos aguardan como estatuas, como senos naturales, y ahora cae cada gota del cielo en su lugar preciso, azar y destino llena la tierra y abre cauces como arterias por donde corre la sangre del planeta. Unos esperan, como yo que deje de llover, y presencian conmigo uno de los milagros cotidianos mas sublimes del año, otros corren como defendiéndose del invierno que lo humedece todo sensualmente, comprendemos su poder invulnerable a nuestra contemplación. Una pareja se besa sin pudor bajo la lluvia –del cielo a la piel no hay distancia –ellos lo saben sin comprenderlo, piensan en los hoteles cerrados y sus personajes subversivos, en la vida que corre bajo la misma vida pero con diferente vestimenta, en los que visitan la funeraria, y en los que nacen, y veo sus caritas llorosas en sus primeros segundos de vida, este es el mundo, piensan, sienten, dolor o placer, es la vida impredecible.
Sigue lloviendo. Un viejo de boina, intenta cruzar la calle bajo el velo de agua –que valiente pienso –ahora que no me baño de lluvia como cuando tenía diez o doce y nos gustaba tanto jugar fútbol en la cuadra sin asfalto, miraba que mi abuela o mi madre a llamarme, desde una ventanita de la puerta o abriendo la puerta mínima, brevemente, y ninguno hacia caso a eso, seguíamos corriendo pateando el balón a las porterías improvisadas con piedras. Se formaban ríos turbios de lodo y mirábamos como los gatos saltaban como panteras en los bordes de los techos, y pobres perros se refugiaban en los espacios de los portones. Sentimos una luz limpia, tibia, viviente. Un paisaje de sombrillas desfila por el boulevard, dos compañeras hablan del comienzo de clases, y un gitano recostado en un muro las desnuda con la mirada. Nunca dejo de llover.

Guatemala 12/07/08

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