GHARBANZO/ CUENTOS GATUNOS LECTURA 29 DE SEPTIEMBRE GRAN HOTEL


A Eduardo Halfon

Alguna tarde, después de escribir sus cartas, mi abuela tuvo el ánimo de contarme un incidente de su vida, cuando era una niña y no sabía nada de la vida. Me contó con gracia, que aunque era la única mujer entre sus hermanos, siempre fue ella quien se inventaba las travesuras; y no lo dudé, recordando como robaba tomates o cebollas sin que los indios del mercado lo notaran. Siempre llegaba riéndose de ellos desde el principio, diciéndoles que cada vez la vida estaba más difícil. Y los marchantes aprendían a quererla y dejarse robar por ella. Tuve la suerte de acompañarla por mercados y lugares lejanos. Siempre me llevaba a sus viajes, y resolvía mis dudas sobre lo que fuera; me ayudó a leer y a escribir con secretos prácticos que ella había aprendido de la vida en los tiempos en que no existían los cuadernos. Me hablaba de lugares y pude aprender tantas cosas de la vida, que cuando llegaba mi madre no quería regresar a casa, para seguir oyendo aquellas historias de la existencia. Esa tarde me habló sobre mamá Munda, como le llamaban a la bisabuela. Me dijo que era mulata, grave y muy sabia, y poseía además un don de Dios:
- Todo lo que decía se cumplía de una u otra forma –me dijo, con sus ojos bien abiertos.
Siempre imaginé la casa de Mama Munda con un inconcebible patio de tierra en donde se podía ver como las gallinas y los patos vagaban bajo el sol. Muchas veces desee conocer a mamá Munda al oír los recuerdos de mi abuela, y más aun después de oír aquella historia. Me empezó a contar sobre el loro que hablaba perfectamente y también decía palabrotas cuando se enojaba:
- ¡Munda! ¡Munda! Decía el loro cuando llegaba alguien a comprar a la tienda, hasta le avisaba cuando alguien entraba con malas intenciones –me dijo.
- ¿Y como era la tienda? –pregunté.
- Era una tienda donde los mejores clientes eran los niños, porque ella vendía dulces que cocinaba en el patio a fuego de leña. Hacia chilacayotes en rapadura, camotes en miel, coyoles, dulces de coco, que conservaba en grandes frascos de vidrio –me respondió.
Mamá Munda conservaba la tradición de los buenos dulces hechos en casa y por aquellos tiempos en que los centavos eran de oro, y las fichas de a cinco eran de plata, los niños podían comprar lo que quisieran.
- Teníamos un gato que se llamaba Gharbanzo –me dijo –. Era amarillo, obeso, y yo lo quería mucho, porque en mi inocencia, pensaba que iba a crecer como un león y podría recostarme en su lomo como si fuera de peluche.
- ¿Y qué paso con él?
- Pues era un gato mañoso, como todos y se mantenía en el techo, por las láminas de zinc, y nosotros no sabíamos que estaba tan gordo porque se comía la comida de los vecinos, que eran unos viejos que vivían solos. Y siempre bajaba el Gharbanzo muy tranquilo, muy galán, hermoso, y se echaba a mis pies todas las noches. Pero una noche ya no bajó, ni se echo a mis pies como siempre. Y a la otra noche llegó la vecina a devolverle un plato a mi mamá, donde ella le había regalado unas espumillas.
- Doña Munda, aquí le traigo su plato con un guisadito. ¡Las espumillas le gustaron tanto a Roque que se las comió el solo!
- Le hablo tan amable, y hasta le preguntó por el gato, y mi mamá le dijo que andaba en celo, y la vieja se rió. Se despidió y salió elogiando los cuadros del Santísimo que estaban en el corredor. A todos nos pareció tan raro porque la señora era una hiel, y no saludaba a nadie, así que mi mamá nos dijo con toda su autoridad ¡Esto no me lo tocan!

Me contó que al otro día se trepó la estantería donde su mamá había puesto el plato.

- ¡A nosotros más curiosidad nos dio! –Me dijo la abuela, riendo –. Le dije a Clemente que comiéramos, y el tan bueno, me recordó las palabras de mi mamá. Entonces puse unas tortillas al fuego y le dije otra vez, “Clemente solo una tortilla”, y saboreo el guisado con temor, y me dijo “esta muy rico Graciela”; y luego bañé mi tortilla con el rico recado y una buena porción de carne. Estaba bien sazonado. Y la carne era suave; y ya no nos importo nada más que terminarnos aquel alimento exquisito. Terminamos riéndonos cuando ya no había nada más que el decorado bruñido al fondo del plato. Pero al rato nos empezó una angustia al ver como giraban las agujas del reloj, pronto iba a llegar mi mamá del mercado. Y llegó. Nos encontró tan calladitos que al sólo vernos a los ojos supo lo que habíamos hecho. Fue directamente al estante. Bajó el plato y lo vio limpio como si le hubieran pasado hasta la lengua. Entonces nos volvió a ver y nos preguntó quién de los dos había sido. Yo dije que yo, y Genaro dijo que él. Entonces soltó el chicote del perchero y lo mojó en el agua de la pila. El chicote nos dejaba marcadas líneas rosadas en la piel.
Me contó que mamá Munda, les iba diciendo en cada riendazo que doña Rosa y don Roque habían cazado al Gharbanzo y la señora lo había dejado marinando toda la noche y lo había guisado al otro día y, lo sabia porque ella misma se lo había contado con burla camino al mercado.
Me cuenta mi abuela que lloraron con Clemente toda la noche, no por los chicotazos, sino porque estaban arrepentidos de haberse comido a su propio gato.
Fotografia de Daniel Mordzinski

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